Hace unos años entré en un elegante restaurante junto al lago. Quería regalarle a mi amiga un vale de ese sitio y pensé que lo probaría antes. Sola. Como si no lo supiera ya… porque, al parecer, eso da vergüenza.
Al principio, mientras me acompañaban a la mesa, no hubo ningún problema. Al camarero no pareció importarle que no viniera nadie más conmigo. Pero luego desapareció y nadie parecía muy dispuesto a acercarse. Los oía cuchichear, preguntándose entre ellos quién me atendía. El restaurante estaba casi vacío y, sin embargo, camareros no faltaban. La única mujer se echó a reír y dijo:
—Desde luego, yo no.
Al final, uno de los hombres «se ofreció». Con una leve sonrisa, me preguntó cuándo llegarían los demás y, por supuesto, no se sorprendió con mi respuesta. Simplemente… soltó una pequeña pulla. Ya que no tenía con quién venir, claro. Porque si alguien entra solo en un restaurante, tiene que haber algún motivo terriblemente serio detrás. Algo tan simple como estar probando el sitio, desde luego, no podía ser.
Y, sin embargo, a mí me encanta cuando la vida me da la oportunidad de sentarme en algún sitio a tomar un buen café y disfrutar de las vistas. O simplemente dejar que mis pensamientos divaguen libremente mientras saboreo en silencio los aromas y los sabores.
De hecho, me llena de alegría poder hacerlo. Aunque, a ojos de muchos, dé vergüenza.
Quizá ni siquiera somos conscientes de hasta qué punto esta etiqueta —tan fácilmente puesta por otros— condiciona muchas de nuestras decisiones, a menudo sin que lo notemos. Basta pensar qué tipo de libro nos atrevemos a sacar en público. No siempre es el que de verdad nos atrapa… sino aquel con el que nos sentimos menos incómodas si nos ven. O el que creemos que simplemente «queda mejor» al sacarlo del bolso.
Porque, seamos sinceras, ¿quién querría que lo vieran leyendo en el metro un libro con una gran boca roja estampada en la portada? ¿O con un subtítulo que dice: Bedtime Stories?
¿Quién querría que el mundo supiera que anhela sensualidad…
palabras tiernas…
pasión?
Una pequeña dosis de felicidad en medio de la dureza del día a día.
Exacto: nadie. Porque eso da vergüenza.
Cosas así solo dejan de resultar incómodas cuando nadie las ve. Ni la lectura en sí… ni el libro tampoco. Qué alivio que ahora existan ebooks y audiolibros que podemos disfrutar incluso en el móvil.
Pero seamos honestas: por muy discretos que sean…
la mayoría seguimos atreviéndonos a sacarlos solo en casa, a solas — de la caja de zapatos escondida bajo la cama.