Dos historias por entregas, dos mundos diferentes. En El diario de Emily, una joven traductora habla con sinceridad del trabajo, la amistad y el amor. En El salón, los clientes y los imprevistos alteran el día a día de Lara, Mia, Nico y Gael. Cada semana llegan nuevas entregas, y puedes empezar ambas series desde el principio.
¡Ya está terminada mi barra! Me parece increíble que la semana pasada solo soñara con ella y ahora esté escribiendo mi diario encima. Encimera mate en blanco roto y cuatro elegantes taburetes con respaldo curvo y tapizado gris claro. Reviento de orgullo. No me canso de mirarla.
Era una mañana de otoño fresca y fragante en el salón. Mia fue la primera en llegar. Repasó las citas del día y, en unas notitas adhesivas con forma de corazón, apuntó lo que los demás tenían que saber sobre su primera clienta. Pegó una en la pared, encima del gancho donde colgaba el delantal de Nico, y la otra sobre la lámpara UV de Lara. Le gustaba poder demostrar con detalles así lo mucho que le importaban.
¡Vaya manera de empezar las vacaciones! El lunes me desperté junto a Ben en un rincón acristalado con vistas al jardín de ensueño de una casa fabulosa. Cuando nos espabilamos un poco, nos dimos una ducha agradable y refrescante y luego volvimos a meternos en la cama, para empezar el día con buen pie. Ben sigue siendo un dios en la cama.
—Menos mal que traje un pañuelo —una voz aguda y penetrante rompió el silencio del salón. Lara dio un respingo. No había oído abrirse la puerta, así que la voz de la clienta la pilló totalmente desprevenida. Mia estaba en la trastienda, sacando las toallas de la secadora. La chica, alta, de poco más de veinte años, con las cejas finas y tatuadas, recorrió el salón con la mirada, seria. Apretaba los labios, con los músculos de la mandíbula en tensión.
Todavía no me creo que haya terminado. No solo el trabajo, sino toda esta semana en general. Esperaba acabar a una hora decente el viernes. Tenía pensado llamar a Ben y gemirle al teléfono lo mucho que lo deseaba. Él, por supuesto, vendría corriendo al instante y me haría suya en cada rincón del piso. En lugar de eso, a las doce menos diez, con los ojos hinchados de tanto llorar, conseguí enviar la última entrega. Estaba cansada, furiosa y me daba tanta pena de mí misma que no me apetecía nada. Desnudarme, lo que menos.
Mia esperaba en la calle, cambiando el peso de un pie a otro y estirando el cuello para ser la primera en saludar a Rosita, una señora mayor y clienta habitual del salón. El pelo fino y teñido de rubio platino de la recepcionista se agitaba con la ligera brisa veraniega que subía desde el río. Con su blusa celeste y unos pantalones de lino un tono más oscuro, parecía colocada allí a propósito, solo para animar la monotonía de la calle.
Hasta que termine el proyecto, Ben y yo no nos vemos, solo hablamos por teléfono. Unos días más y se acabarán las madrugadas trabajando, la falta de sueño y el estrés constante. Claro, todavía tenía que haber un poco de drama al final: alguien de la operadora hizo mal los cálculos, así que esta última semana voy a recibir un cincuenta por ciento más de material del que habíamos acordado.
La templada lluvia de verano golpeteaba con suavidad y a un ritmo constante la puerta de cristal y el escaparate del salón. Los ojos adormilados de Mia se iluminaron al ver en el monitor que su primera clienta sería Vera. Por lo menos ella los espabilaría.
Mark dice que la intuición no existe. Según él, solo tiene malos presentimientos constantes la gente que ya de por sí «se amarga con cualquier chorrada». A partir de ahí deja de ser un pensamiento siniestro ligado a algo concreto y se convierte en la típica «mierda autodestructiva» a la que esa persona se ha enganchado. La persona, o sea, la mujer. Los hombres no se complican tanto la vida.
El hombre cuarentón se acomodó en el sillón de lavado, vestido con una camiseta de fútbol desteñida y un pantalón de bolsillos hasta la rodilla. Llevaba una riñonera cruzada al pecho, con la correa tensada sobre su barriga prominente. Se había engominado el pelo ralo hasta dejarlo brillante, y en su muñeca gruesa llevaba un reloj digital tan grande que Mia podría haber leído la hora desde el mostrador de recepción.