Carlos revisó bien el patio y luego cerró la puerta de la terraza. Giró la llave en la cerradura y le hizo una seña a Esteban para que lo siguiera arriba.
—¿En qué andas ahora? —preguntó Esteban.
En lugar de responder, Carlos se llevó un dedo a los labios, indicándole que guardara silencio. Subieron la escalera alfombrada despacio, sin hacer ruido. Arriba, Carlos comprobó las ventanas y luego pasó el detector por toda la habitación y el baño, buscando micrófonos y cámaras ocultas. El aparato no detectó nada.
—Vale —dijo, asintiendo—. Todo limpio. Parece que ya no nos están vigilando.
—¿De quién hablas exactamente? —preguntó Esteban.
—De los holandeses, sobre todo. Aunque me jugaría el cuello a que no están solos en todo esto.
—¿En lo de cazar a Ted?
—Exacto. El problema es que no tenemos ni idea de cuánta gente anda detrás de él, aparte de las autoridades.
—A mí todo esto me huele mal —dijo Esteban, negando con la cabeza.
Se dejó caer en el sillón bajo la ventana y apoyó la cabeza en la mano.
—Seguramente todavía no lo tienen todo claro —dijo Carlos, quitándole importancia con un gesto—. Hay demasiada gente metida en esto. Resolver algo así a veces lleva años —añadió el viejo canario con cierto aire de importancia.
Esteban volvió a negar con la cabeza.
—¿Te acuerdas cuando apareció la policía?
—¿Quién podría olvidar aquella noche de locos…?
—Pues si lo piensas bien, todo esto es muy raro.
Carlos no respondió. Se limitó a encogerse de hombros, pensativo.
—Alguien —continuó Esteban— no quería de ninguna manera que Ted siguiera retenido. Y ese alguien vive aquí mismo, en este complejo. —Se inclinó hacia delante, cada vez más animado—. No me digas que es pura casualidad que, de las siete casas, en dos vivan personas que le tienen ganas a Ted. Y que, si hace falta, hasta se llaman a la policía entre ellos.
—¿Quién podría ser? ¿Viktoria?
—¡Y esa es otra! —Esteban se dio una palmada en el muslo—. Me había olvidado por completo de ella. Ni de broma llamaría a la policía contra sí misma.
—¿Y si todo fue una trampa para los holandeses? —dijo Carlos—. Puede que Viktoria quisiera quitar a Bernard y a los otros de en medio.
Carlos empezó a pasearse por la habitación, con los brazos cruzados.
—Viktoria solo podría hacer algo así si no estuviera actuando sola. Si no, sería demasiado arriesgado. ¿Tú crees que tiene a todo un equipo detrás? —respiró hondo, excitado.
—Ya nos habríamos dado cuenta. Viktoria apareció de repente y se movió demasiado rápido. Y además con una jugada muy atrevida —reflexionó Esteban—. Cuando apareció la policía, le echó los planes por tierra. Desde entonces todo el mundo está calladito. Los holandeses, Viktoria… incluso el propio Ted hace como si aquí no hubiera pasado nada.