«Astuta brujita», pensó María José. Estaba segura de que el bostezo de Ludmilla, que también le había provocado sueño, era solo una actuación. «Se hace pasar por una inocente viejecita cansada». María José, sin embargo, tuvo que reunir toda su fuerza para no caer de cara en su plato.
—Dime, Ludmilla —intentó retomar el control María José—, ¿no echas de menos Alemania?
—A veces —respondió la alemana encogiéndose de hombros.
—¿Qué dijo tu familia cuando decidiste mudarte tan lejos?
Ludmilla removía distraídamente su puré de patatas.
—Creo que se alegraron —contestó finalmente—. Ya sabes lo difícil que puedo llegar a ser.
Aquella honestidad inesperada sorprendió a su vecina.
—Todos tenemos nuestras rarezas, cosas que otros encuentran extrañas o molestas.
—Desde luego. Pero en mi caso, además, está el hecho de provenir de una familia aristocrática. Para mí es natural llevar siempre el mando. Yo no pido, ordeno.
—¿Una aristócrata de verdad? —se sorprendió María José—. ¿De esas mujeres cultas, que saben de todo y hablan muchos idiomas?
Ludmilla se rio suavemente.
—Si te refieres a que tuve que aprender piano, violín y canto desde niña, entonces sí —su voz revelaba cierto orgullo contenido—. Afortunadamente tengo buen oído y buena voz, si no habría sido una tortura insoportable. —Hizo una breve pausa—. Es cierto que hablo varios idiomas, pero no suelo presumir de ello. Algunas habilidades se han oxidado por falta de práctica.
—¿Qué idiomas hablas?
—Francés, español, inglés, italiano y ruso. También estudié mandarín, pero solo lo justo para manejarme como turista.
—¡Caramba! —exclamó María José con sincera admiración.
—¿Y tú? ¿Cómo fue tu juventud?
—Viajé por el mundo como pastelera —respondió la española, haciendo sonar aquello como una afición insignificante y no como la impresionante carrera que realmente había tenido—. Gané algunos premios a lo largo de los años. Una vez incluso participé en una competición internacional en Berlín.
Ludmilla juntó las manos con entusiasmo.
—¡Vaya! ¿No sería por casualidad en los años ochenta?
—Hmm —María José frunció el ceño intentando recordar—. Creo que sí, más o menos por entonces. Era joven, pero ya tenía cierta fama en el sector.
—¡Esto es increíble! —exclamó Ludmilla con los ojos brillantes—. ¡Yo también estuve en esa competición! Vi las creaciones más maravillosas. Todavía recuerdo una carroza plateada hecha enteramente de azúcar. Simplemente no podía creer que no fuera de metal.
—¡Ah! ¡La carroza! —susurró emocionada María José—. Sí… gané aquel concurso con esa carroza…
—¡Qué extraordinaria coincidencia!
Juannita observaba alarmada el rostro sonrojado de Ludmilla. ¿Quién hubiera imaginado que una comida aparentemente inofensiva alteraría tanto a esa mujer? ¿Y si tanta emoción combinada con la valeriana perjudicaba el corazón de la anciana?
—Señora —intervino nerviosamente Juannita, retorciéndose las manos—, quizá deberían pasar al sofá. Les traeré una copa de licor antes del postre.
—¡Magnífica idea! ¡Brindemos por este increíble acontecimiento!
—Es realmente asombroso que nuestros caminos se hayan cruzado nuevamente después de cuarenta años —María José negó con la cabeza, incrédula—. Aunque no recuerdo nuestro primer encuentro, es reconfortante compartir este recuerdo.
Las copas de licor apenas estaban medio vacías cuando el cansancio producido por tanta emoción sumió a ambas ancianas en un profundo sueño en el amplio y cómodo sofá. Con la boca abierta y la saliva escurriéndoseles, roncaban la una junto a la otra hasta el atardecer, cuando Juannita, haciendo ruido deliberadamente, las despertó. La empleada había decidido que era hora de que la invitada y ella misma regresaran a sus casas.
Ludmilla se limpió torpemente la comisura de los labios, esperando no haber roncado como un tractor. Hacía mucho tiempo que no dormía tan profundamente. María José, avergonzada, comenzó a disculparse.
—¡Ay, qué vergüenza quedarme dormida así! Perdóname, vecina, he sido muy maleducada.
—A nuestra edad podemos permitirnos estos caprichos —respondió Ludmilla, quitándole importancia con un gesto—. Además, a mí también me ha sentado bien este pequeño descanso. Ni siquiera recuerdo cuándo nos quedamos dormidas.
—Más o menos en lo de la carroza de azúcar —sonrió María José.
La expresión de Ludmilla se suavizó considerablemente al mirar a su vecina.
—Sabes, en realidad nunca vi a Carlos con nadie —comentó cautelosamente.
—Lo sé. No me enfado. Yo habría dicho lo mismo en tu lugar.
Juannita no entendía nada cuando vio a las dos traviesas ancianas tomando el resto del licor de almendras con expresión tranquila, mientras se daban la mano.