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Calle la Rosa, 22 – Parte 94

—¡Hola, vecina! —jadeó Dajana.

El grito agudo de Viktoria retumbó en el garaje subterráneo, denso y con olor a gasolina, y se prolongó durante varios segundos.

Dajana se quedó mirándola, paralizada.

—Pero bueno, ¡madre mía! ¿Tienes los nervios así de destrozados? No he saltado desde detrás del coche disfrazada de payaso, así que ¿por qué coño gritas así? —soltó de golpe.

La boca de Viktoria se abrió de puro estupor. Los dedos se aferraron al collar de perlas que llevaba al cuello.

Dajana se dio una palmada en la frente.

—Jesús, Viktoria… perdona. Te he dado un susto de muerte y encima te he hablado fatal. De verdad que no era mi intención.

La alemana la observaba en silencio, aún petrificada, como si su cabeza no hubiese procesado lo ocurrido.

—Por favor, di algo. Lo siento de verdad. Solo quería hablar contigo.

—¿Aquí? —susurró Viktoria, todavía temblando.

Su mirada nerviosa recorrió el garaje medio vacío.

—Eh… no. Yo… también acabo de llegar —balbuceó Dajana—. Te he visto y… he pensado en pillarte al vuelo.

—¿Ha pasado algo? —preguntó por fin Viktoria.

Sus ojos se entrecerraron mientras examinaba el rostro de Dajana.

—Solo quería preguntar por Ted… si está mejor… si se le puede visitar…

Los ojos de Viktoria se abrieron de par en par; las cejas casi le rozaron el nacimiento del pelo.

—¿Visitarlo?

—E-es nuestro vecino, al fin y al cabo… —musitó Dajana.

La mirada azul glaciar se clavó en ella. A Dajana se le encendieron las mejillas; bajó la vista hacia el hormigón impecable, como si buscara algo ahí abajo, lo que fuera, con tal de huir de aquellos ojos.

—Está muy débil —informó Viktoria al fin, con voz fría.

—Vale, pero vamos, no será un inútil total, ¿no? —rió Dajana, tensa y forzada.

—Sí. Precisamente eso.

El ambiente espeso y cargado a gasolina pareció congelarse.

Dajana se clavó las uñas en el muslo.

—Entonces ¿por qué no está en un hospital atendido por profesionales? —estalló.

La voz ya no le temblaba.

—Quiero decir… —rectificó Viktoria, forzando una sonrisa débil—, simplemente está demasiado agotado y demasiado débil para hacer nada.

—Entonces se puede visitar —dijo Dajana, tajante.

La mano de Viktoria voló a la nuca; sus dedos se enredaron en su melena rubia y brillante. Dajana siguió el gesto sin piedad, avanzando un paso hacia ella, aprovechando su breve ventaja.

—Voy a ver a Ted.

—Yo… hablaré con él primero —tartamudeó Viktoria, buscando apoyo en el capó del coche.

—Voy a verlo, Viktoria. De una forma u otra. Y, si hace falta, hablaré también con su médico.

—No hace falta que hables con su médico. No te atendería, lo siento. Como ya te he dicho: yo hablaré con Ted y te avisaré si puede recibir visitas.

Una chispa peligrosa brilló en los ojos de Dajana.

—Gracias, cariño. Qué amable —susurró.

Y en un instante, ya no estaba allí.

*

—¡Dajana! —la voz de Adrián cortó la noche en dos.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella con calma. No había ni rastro de pánico en su voz.

—Los sanitarios… y la policía… están ahí delante del complejo y…

—¿Y?

—¡Están tirando abajo la puerta de Ted!