Pauline se estremeció cuando se levantó el viento frío de la noche. Miró hacia la casa, pero aún no quería entrar. Se subió la cremallera de la sudadera hasta el cuello y se hundió un poco más en la tumbona, con la esperanza de que la lluvia no empezara antes de que decidiera volver dentro. Su mirada se deslizó hasta la ventana del dormitorio de la planta superior.
Púdrete en el infierno, cabrón, pensó, y apretó los párpados.
Hacía tiempo que sospechaba que algo no encajaba en los viajes de Rob. No solo porque al complejo le encantaba despellejar su matrimonio, sino porque ella misma lo sentía. Todas las mujeres saben cuándo las engañan. Aunque no lo digan en voz alta ni lo piensen de forma consciente, está ahí. Agazapado en lo más hondo, silencioso pero presente. A veces llama, pidiendo que lo dejen salir, pero luego, obediente, vuelve a echarse la alfombra por encima. Si lo han barrido debajo, se queda allí un tiempo. Todo lo que puede. Hasta que ocurre algo que arranca de golpe esa gruesa capa protectora.
Como aquel maldito recibo. El asqueroso papelito que el imbécil había tenido que tirar a la basura de casa después de dos años. Pauline no se manejaba bien con el español. Pero traducir «pulsera de oro amarillo de 18K con rubíes» no le costó ningún esfuerzo. De hecho, ni siquiera tuvo que traducirlo. Bastó con echarle un vistazo para entender qué figuraba en el recibo, justo antes de la cantidad obscena.
Y Pauline no había recibido ninguna joya con piedras preciosas. A pesar de que le gustaban los rubíes. O, al menos, le habían gustado. Ahora se habían convertido en el símbolo de la infidelidad y la traición. No se atrevió a hurgar más en la basura. Le aterraba encontrar algo más junto a aquello. Cogió ese único papel y se lo guardó. Tal vez algún día se lo estamparía en la cara. Roja de rabia, con los puños cerrados, gritando:
—Explícame esto, cabrón.
Y él lo explicaría. Como lo había explicado todo hasta entonces. Los interminables viajes a Estados Unidos. El olor a perfume en su chaqueta. La camisa que ella no le había comprado… Cualquier cosa podía justificarse con palabras. Y ese era el trabajo de Rob. Sabía hablar hasta hacerle un agujero en la cabeza a cualquiera y luego tenerlos comiendo de la palma de su mano. Su estilo era arrollador, su aspecto impecable. Si no desapareciera constantemente, el complejo lo elevaría a un pedestal como marido y padre perfectos. En cambio, miraban a Pauline con lástima.
Giró la tumbona para no ver ni la casa ni la ventana del piso de arriba, detrás de la cual Rob dormía plácidamente mientras ella temblaba fuera, junto a la piscina. Ya se arrepentía de haber sacado el recibo y mirarlo. ¿Para qué necesitaba aquella maldita certeza? ¿En qué había mejorado algo? No podía hacer nada de todos modos. Apenas hablaba español, llevaba completamente fuera del mercado laboral desde que nacieron las niñas. Como música —aunque consiguiera trabajo— no podría mantener a dos niñas pequeñas en una isla tan pequeña. No con el nivel de vida que tenían ahora. Ni de lejos.
—¿Todo bien? —el susurro de Bernard desgarró de forma inquietante el silencio que rodeaba la piscina.
El cuerpo de Pauline se sobresaltó, pero consiguió contener un grito. Con el corazón desbocado, miró fijamente a su vecino. Temblando de frío y de susto, asintió.
Como si fuera lo más natural del mundo, Bernard arrastró su tumbona hasta colocarla muy cerca de la de Pauline. Sin preguntar, extendió sobre ambos la gruesa manta que había sacado bajo el brazo.
—¿Quieres un cigarro o algo? —susurró.
—No fumo —respondió Pauline casi sin voz.
Bernard rebuscó un momento bajo la manta y luego sacó una pequeña petaca de metal. Se la tendió a Pauline.
—Ron.
Pauline la cogió en silencio y dio un trago. Asintió y se la devolvió.
—¿Mejor? —preguntó Bernard.
—No —sonrió Pauline—, pero más llevadero.
—¿Quieres hablar de ello?
—¿Para qué? Si ya lo sabe todo el mundo… y ahora yo también.
No eran amigos. Pero ambos habían llegado a un punto tan bajo que sentían que ya no había más fondo; solo que, por ahora, tampoco había ningún asidero para empezar a salir.