Ivett estaba tiritando en la parada del autobús. Odiaba el invierno. Odiaba incluso tener que odiarlo. De niña le encantaba. En aquel entonces, no veía la hora de que el frío le pusiera las mejillas rojas por estar toda la tarde jugando con el trineo y las bolas de nieve. Pero desde que no podía permitirse comprar un abrigo de invierno decente era incapaz de disfrutar de aquella estación de año.
Si bien le gustaba tener una cara bonita, en ocasiones significaba una gran carga para ella. La cortejaban los chicos y hombres más encantadores y guapos. La llevaban a restaurantes elegantes y a clubes nocturnos donde no podía vestirse con cualquier cosa. Ivett asistía a la universidad entre semana y trabajaba todos los fines de semana en una discoteca de moda, no muy lejos de su ciudad natal. Tenía que gastar casi todo el dinero que ganaba en prendas de vestir, maquillaje, cortes de cabello y manicuras. No podía permitirse comprarse también un calzado y un abrigo de invierno. Nadie en la residencia de estudiantes sabía que Ivett trabajaba, guardaba un profundo silencio al respecto. Ni siquiera se lo contó a su amiga, Evelyn. Sobre todo, porque los padres de Evelin intentaban aparentar que eran acomodados y se gastaban hasta el último céntimo en su hija. Impartían clases particulares de matemáticas y alemán además de su trabajo para que a Evelin no le faltara de nada, y su única hija tenía grandes exigencias. Gastaba mucho dinero. Ivett apenas podía seguirle el ritmo. Nunca entendió cómo era posible que los padres de Evelin pudieran darle tanto dinero a su hija, cuando la madre era profesora de escuela y el padre funcionario público.
Entonces simplemente pasó con Evelin lo que pasó.
Un día tuvo que entrevistar a un cirujano plástico de unos cincuenta años para un trabajo de fin de curso. La joven estudiante no vio nada malo en acompañar al apuesto hombre a una escapada de fin de semana de Spa una vez terminado el trabajo. El encantador médico la trató como a una princesa durante los tres días, y fue el amante más devoto que Evelin había conocido. Además, el dinero que recibió a cambio era demasiado como para sentirse mal por ello. Ella habría ido encantada a un hotel de lujo con un hombre guapo y sexy incluso si no le hubiera dado ese dinero.
Lo del panadero y el actor simplemente sucedió. Ni siquiera buscó nunca aquellas oportunidades, y sin embargo, el generoso dueño de la panadería se convirtió en una aventura recurrente. También el actor, aunque visitaba con menos frecuencia a la bella joven de sonrisa pícara y ojos felinos. Cuando preguntó tímidamente a Ivett si le gustaría viajar a la capital con ella, el panadero y un amigo suyo, no esperaba una respuesta positiva. Sabía que su amiga era reacia a esa forma de ganar dinero.
Pero Ivett tenía mucho frío.
Ni siquiera se puso nerviosa cuando subieron al lujoso todoterreno. Evelin adoraba al panadero, lo consideraba un amante maravilloso y un verdadero caballero. Al igual que al distraído y a veces melancólico actor, de quien se decía que era el que mejor besaba de todos. También a ella le encantaba besar y hacer el amor con ternura.
¿Quién iba a predecir que a Ivett le repugnaría el amigo del panadero y que le dolería al tener relaciones sexuales con él?
Ya no quería volver a participar en más aventuras de ese tipo, pues ya no tenía frío. Y el abrigo no sólo la abrigaba, sino que además era elegante. Evelin le contó después que, en invierno, las chicas de la capital llevaban pantalones cortos y botas altas. No cabía duda de que las dos chicas seguirían la moda. El hecho de que las chicas aún no tuvieran el calzado adecuado no parecía ser un obstáculo insalvable. Ivett, aunque hubiera preferido renunciar a ir a la moda, finalmente aceptó otro programa en común con el panadero y su amigo. Ivett se convenció a sí misma de que una ocasión más no era el fin del mundo, sobre todo ahora que sabía lo que le esperaba…
Pero resultó que no lo sabía. No tenía ni idea de cómo había llegado allí el tercer hombre, ni de por qué nadie se lo había dicho con antelación.
Era incapaz de ponerse las botas, no quería recordar cómo se había ganado su dinero. Pero Evelin estaba cada vez más entusiasmada. Poco después, el melancólico actor se la llevó al extranjero durante una semana entera. La chica nunca le contó a Ivett exactamente lo que pasó allí, pero Evelin se compró un coche con el dinero que consiguió allí. Ivett tenía un conflicto. Estaba harta de todo aquello, pero también quería ayudar a su madre, que se quejaba de que el tejado de su casa seguía goteando. Esperaba conocer por fin a una buena persona, como el panadero o el cirujano plástico. El actor ya sospechaba. Ivett estaba segura de que Evelin había agasajado a todos los hombres de la compañía en aquel viaje al extranjero del que su amiga se negaba a hablar.
El coste de la reparación del tejado se lo había ganado con un esfuerzo arduo, aunque en poco más de una semana. Después decidió acompañar a la compañía de actores en su siguiente viaje al extranjero, pero estuvo a punto de desplomarse bajo el peso de aquella carga. Fue incapaz de volver a vender su cuerpo, al menos de un modo tan imprevisible.
El empresario no tenía suerte con las mujeres. Su naturaleza tímida le impedía tomar la iniciativa. De hecho, era como si las chicas ni siquiera se fijaran en él. Habría hecho cualquier cosa por tener a una compañera cariñosa. Ivett se fijó inmediatamente en los finos zapatos de cuero que llevaba aquel hombre que estaba frente a la taquilla del Spa, habían sido diseñados a medida, y debían costar una fortuna. Sonrió al sorprendido empresario con su rutina habitual, él miró primero a sus espaldas para asegurarse de que era a él a quien sonreía. Ivett río airosa, le gustó la tímida reacción del hombre. Sabía que un hombre que se sintiera cohibido por su sonrisa nunca le haría daño. Y que al lado de un hombre que incluso encarga sus zapatos a medida de un diseñador nunca más volvería a pasar frio.