¿Conoces ese momento en el que alguien se muda a una isla preciosa, vive allí quince años y de repente se olvida de que él también fue nuevo alguna vez?
Sí. Ese.
Algunos buscan oportunidades, otros solo buscan excusas.
Y algunas… bueno, creen que la isla debería vaciarse… para ellos.
—¿Vive en esta isla?
—Sí, desde hace unos quince años.
—¿No echa de menos su país?
—¡Para nada! Antes ya había vivido en varios países, por periodos más largos o más cortos.
—¡Qué vida tan emocionante!
—Eso es ser europeo. Voy adonde quiero, nadie puede restringir mi libertad de movimiento.
—¡Suena genial! ¿Puedo preguntar a qué se dedica aquí?
—Al turismo, como todos los demás.
—¿Y vale la pena? —Bah, es un lío. Hay demasiada competencia. Apenas se puede vivir.
—Pero la isla sigue siendo mágica, ¿no?
—No se engañe. Solo el clima es bueno. Todo lo demás es insoportable.
—¿Por qué dice eso? A mí me parece maravillosa.
—Es solo apariencia. El problema es que ya somos demasiados. Es inhabitable. Y los mejores trabajos se los quedan los locales.
—Bueno, eso es justo, ¿no? Al fin y al cabo, ellos nacieron aquí. Merecen que los protejan.
—Vamos, por favor. No tienen ni idea. No saben hacer nada. Sería mejor que se apartaran.
—¡Pero esta es su isla!
—¿Y qué? Yo hablo tres idiomas. Haré su trabajo. Nadie los va a echar de menos.
—¿Quiere decir que sería justo echar a alguien que ha nacido aquí solo para que, por ejemplo, usted se quede con su trabajo? —Totalmente. Yo hice el esfuerzo de aprender tres idiomas extranjeros. Ellos no. ¡Que se vayan a la península, allí no hace falta estudiar!
—Pero eso no resolvería el problema de la sobrepoblación.
—¡Por supuesto que no! —¿También tiene una solución para eso?
—Claro que sí. Hay que frenar la inmigración. Hay que limitar tanto movimiento sin sentido.
—Pero si usted mismo dijo que eso es lo que hace.
—Eso es distinto. Yo trabajo duro. Esta gente ahora solo viene a dar vueltas. Pues yo digo: ¡basta ya! ¿Hasta cuándo se va a poder entrar aquí como si nada?
—Qué curioso que lo diga. Conozco a un excelente neurocirujano. También planea mudarse aquí.
—Eso sí suena bien. Por fin alguien que puede aportar algo de verdad a la isla.
—¿Usted cree?
—¡Claro que sí!
—Aunque en eso tiene razón: ya vive demasiada gente aquí.
—Entonces deberíamos echar a algún vago.
—En realidad, pensaba en usted.
—¿Cómo dice?
—Bueno, usted trabaja en el turismo, como casi todos aquí. Si se va, no se acaba el mundo. Habla varios idiomas, puede ir a donde quiera. Él, en cambio, es neurocirujano. No es cualquiera. Usted mismo lo dijo: por fin alguien que realmente puede hacer algo por la isla.