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Jan Vašek, Pixabay 

Julia

Julia

Julia quitó nerviosa su blusa favorita del tendedero que estaba entre las dos ventanas. No quería perder el autobús al aeropuerto, pero no podía dejar en casa la única prenda que la hacía sentirse como una diosa. Las pinzas se le cayeron de las manos por el apuro, pero ya no tuvo tiempo de fijarse dónde había ido a parar el trozo de plástico después de caer doce pisos. Metió la super arma de encaje negro en su maleta de cabina y salió disparada.

El conductor vio a la chica corriendo con la mochila y la maleta y, aunque ya estaba cerrando la puerta del autobús, la esperó. Julia sintió que se ahogaba, pero no se atrevía a jadear. Estaba segura de que todos la estaban observando después de la desesperada carrera que había hecho para alcanzar el autobús. Cerró la boca y levantó un poco más el mentón para evitar que se le comprimiera la tráquea. Le resultó un poco más fácil, pero aun así estuvo a punto de desmayarse por la falta de aire. Sin mirar a su alrededor, se sentó en el primer asiento disponible en la parte delantera del autobús, que estaba frente a todos los demás asientos. Puso su maleta de tapa dura y estampado vaquero a su lado, a pesar de que el asiento estaba mucho más alto que el suelo. subió el asa extensible de la maleta, que aun así era demasiado corto para poder sostener la maleta cómodamente a su lado. Inclinándose ligeramente hacia un lado, no podía viajar, ya que habría salido despedida hacia el pasillo del vehículo en la primera curva. Intentó ponerla frente a ella, pero no había espacio suficiente, ni siquiera para una maleta pequeña como la suya. No se le ocurrió una mejor forma, así que volvió a dejarla a su lado y echó sus piernas sobre ella. La posición, extremadamente incómoda, pareció eficaz, pero ya que solo podía mantenerla si la sujetaba con sus piernas, empezó a sudar aún más, ya que de por sí iba vestida con ropa de invierno. En Roma, según su tía, hace mucho más frío que en Málaga, y lleva días lloviendo. Le insistió a Julia para que llevara ropa de invierno. Optó por un jersey y una cazadora vaquera, pero no había sitio para la cazadora en su maleta o su mochila. Para tener las manos libres, tuvo que ponérsela, al igual que la desgastada gorra de béisbol de color granate. No había forma de que llevara dos calzados, así que viajaba con sus botas de cuero puestas.

El autobús frenó bruscamente y la maleta empezó a rodar hacia atrás. Por suerte o por desgracia, sus reflejos eran excelentes y sus piernas siguieron inmediatamente el movimiento. Casi gritó al torcérsele la rodilla. Luchando contra las lágrimas, volvió a poner su maleta a su lado. Los quince minutos de viaje le parecieron interminables. Al cabo de un rato, cuando su respiración se hubo recuperado y sus piernas estaban lo bastante entumecidas como para no sentir tanto el dolor, se permitió el lujo de mirar alrededor del autobús. Sus ojos se fijaron en Aurelio, uno de sus compañeros de curso más atractivos, que estaba sentado frente a ella, en la mitad del autobús. Se alegró de verle, pero no quería que él la viera así, vestida como una idiota. El chico estaba sentado en una postura desgarbada, con las piernas cruzadas y la rodilla izquierda levantada y apoyada la ventanilla. Sujetaba su mentón con una mano, como si estuviera reflexionando sobre algo. Se miraron durante un instante y Julia se estremeció. Ella captó su mirada con timidez y giró si vista hacia la ventanilla. No quería que él le contara a todo el curso de último año que incluso la empollona de Julia se había enamorado de él. Porque seguramente eso era lo que pensaba de ella, por estudiar tanto y salir tan poco. A ella le encantaba salir de fiesta, pero cuando se le acababa el dinero, tenía que inventar una razón para no hacerlo. Siempre podía decir que tenía mucho que estudiar, sobre todo después de que ella era la que sacaba las mejores notas del curso.

Aurelio

De nuevo se despertó con los gritos de su madre al teléfono. No necesitó mucho tiempo para adivinar a quien gritaba. Si su padre no llegaba a casa hasta la mañana, siempre sucedía lo mismo. A Aurelio le dio un espasmo en el costado.

Su madre ni siquiera se dio cuenta cuando salió de casa. Lamentaba no haber desayunado, pero era incapaz de sentarse en la cocina y tomar un café acompañado de un bocata, mientras escuchaba todo lo que su madre decía. Ni siquiera se molestó en comprobar en qué autobús subía, porque le daba igual dónde iba a pasar el día. Siempre que no fuera en casa. El dolor que sentía en el costado se negaba a remitir. Cruzó las piernas y, tal como había aprendido de su abuela, subió la rodilla todo lo que pudo para no llamar la atención. La apoyó sobre la ventanilla del autobús, lo que por fin le hizo sentirse un poco mejor. Sus abuelos siempre tenían una solución para todo. Con las prisas, se había olvidado no sólo de lavarse los dientes, sino también de ponerse una tirita en la espinilla que tenía en el mentón, para que pareciera como si se hubiese cortado al afeitarse. Así que se lo tapó con la mano, para disimularla, como si estuviera pensativo. Sus pulgares proporcionaban la cobertura perfecta para el temible monstruo, que, en lugar de mejorar, cada día tenía peor aspecto. Se sintió aliviado cuando se dio cuenta de que había subido al autobús que iba al aeropuerto. En la terminal podría pasar el día entero. Hay aseos, los asientos son cómodos y la probabilidad de encontrarse con conocidos es mínima.

Fue entonces cuando vio a Julia. Esperaba que ella no se fijara en él, no quería que lo viera en un estado tan miserable. La siempre decidida e inteligente Julia estaba justo frente a él y, como siempre, erguida y con la cabeza bien alta. Apoyaba sus piernas sobre una maleta con soltura y, cuando casi rodó, la volvió a colocar a su lado con un ágil movimiento. Le gustaba su estilo, tan individual, llevaba botas, aunque hiciera veinticinco grados, porque eso era lo que le apetecía. También se percató de que Julia incluso se preocupó de llevar una chaqueta vaquera a juego con su maleta de estampado vaquero. Ojalá tuviera el valor de pedirle que le ayudara a prepararse para su próximo examen. Se miraron el uno al otro. Aurelio se ruborizó hasta los dedos del pie, pero Julia evadió rápidamente su mirada. El chico se avergonzó. ¿En qué estaba pensando? Una chica tan seria con sus estudios que incluso se saltaba las mejores fiestas para estudiar nunca se fijaría en un perdedor como él. Porque sin duda ella piensa que es él es un perdedor, ya que sólo aprueba la mayoría de los exámenes a la segunda. No podía estudiar en casa debido a las constantes discusiones de sus padres. Iba a la biblioteca, a los parques, y ni siquiera se atrevía a contarle a sus amigos todo por lo que tenía que pasar día a día.

Julia y Aurelio

El chico se levantó de mala gana. Se palpó el costado. Le pareció que el espasmo se había calmado un poco. Algo tintineó en su bolsillo. Una caja de chicles. Se sintió aliviado. Fingió toser mientras se metía dos chicles entre los dientes.

Julia continuaba de pie delante del autobús. Giró la cabeza a derecha e izquierda alarmada. Aurelio no se lo pensó dos veces.

—¿Necesitas que te eche una mano?

—¿Sabes a dónde tengo que dirigirme?

El chico nunca pensó que algún día estaría agradecido por los interminables días que había pasado en el aeropuerto.

—Enséñame tu pasaje.

La mano de Julia tembló al entregarle el arrugado papel al chico. Le daba vergüenza haberlo imprimido. Estaba a punto de volar por primera vez en su vida, y no se atrevió a confiar en su teléfono.

—De acuerdo —la voz de Aurelio sonaba sedosa y tranquilizadora —. Vamos a facturar y luego te enseño dónde está el control de seguridad. Pero tienes tiempo de sobra.

—¿En serio? —Julia se sintió estúpida. —Y yo ni siquiera he desayunado, de tanta prisa que tenía —se le escapó de su boca. Le entraron ganas de retractarse. El chico ahora sí que debía de pensar que era una verdadera idiota.

La palabra desayuno hizo que a Aurelio se le revolviera el estómago.

—No se debe hacer cola cuando se tiene hambre, los científicos británicos ya lo han comprobado. Así que vayamos primero y comamos algo sabroso. Cuando salí de casa, mi madre insistió en que desayunara en algún sitio. Incluso me dio dinero, así que yo invito.

Al principio Julia se asustó de que el chico quisiera comer, ya que no tenía tanto dinero. Había ahorrado hasta el último céntimo para poder ir a Roma. Estaba encantada con la invitación, y no venía de cualquiera.

Aurelio le quitó la maleta de la mano.

—No te preocupes, esperaré hasta que despegues. No me moveré de aquí hasta que sepa que todo está en orden —se sintió como un hombre ahora que había algo que sabía mejor que ella.

La mirada agradecida de la chica, su tímida sonrisa hizo el resto, y su personalidad salió a flote, de tal forma, que no tuvo oportunidad de contener sus palabras.

—Te veré cuando vuelvas. Te estaré esperando aquí mismo. Es mejor que no viajes sola tan tarde.