—¡Mierda! —siseó Tímea mientras tironeaba desesperadamente de la pequeña cremallera del bolsillo de sus ajustados pantalones de satén verde venenoso, apoyada contra la pared del baño.
Los diminutos dientes dorados se resistían con terquedad. No solo se negaban a cerrarse, sino que además bloqueaban por completo el movimiento del cursor. Como su blusa de punto, color marfil y de manga corta, terminaba justo por encima de la cremallera, la joven empezó a tirar de la prenda con creciente frustración. El bolsillo estaba en un lugar demasiado visible como para dejarlo así. De repente, como si se le hubiera encendido la bombilla, pasó la mano por debajo del dispensador automático de jabón, montado sobre el lavabo. El aparato zumbó, pero no soltó nada. Tímea puso los ojos en blanco, golpeó el dispensador y volvió a intentarlo.
Una sola gota. Eso fue todo lo que logró sacar al final.
El rostro de la joven, que no llegaba a los veinticinco años, se iluminó. Se estaba preparando para una entrevista de trabajo. Frotó la gota de jabón líquido, ya diluido por el agua, sobre la cremallera. No ayudó mucho. Aun así, volvió a tirar del cursor con esperanza, y después golpeó el borde del lavabo con frustración.
Se sonó la nariz, se acomodó el cabello castaño rojizo que le llegaba hasta los hombros, se lo despeinó un poco con los dedos y luego se echó un mechón grueso hacia el otro lado, con un movimiento despreocupado. En parte para que su rostro cansado pareciera más vivo, y en parte para disimular el dedo de raíz que ya asomaba en la coronilla. Dudó si maquillarse al menos un poco, pero al final no se atrevió. Sus ojos eran demasiado sensibles; se le llenaban de lágrimas con cualquier cosa. Lo último que necesitaba era presentarse ante un comité —del tamaño que fuera— con la cara manchada. Lo que realmente importaba ahora era su conocimiento y su experiencia profesional.
El joven de cara aniñada —que probablemente tendría su misma edad— estaba de pie con las manos en los bolsillos, de manera despreocupada, en una oficina espaciosa y austera, amueblada únicamente con un escritorio gris y un armario estrecho con puertas de cristal, también gris. A través de las persianas entreabiertas se veía el Danubio.
—Vengo para la entrevista de trabajo —susurró Tímea, con las rodillas temblorosas.
—Perfecto. Yo también —respondió el hombre, con un tono ligeramente burlón.
Hizo un gesto breve con la cabeza, señalando el escritorio. Tímea avanzó con torpeza hacia la única silla.
—¿Aquí?
—¿Ve usted otra?
—No, solo que… quiero decir, ¿y usted…?
—Yo estoy perfectamente bien, gracias. Si quisiera, podría pedirles a mis asistentes que me trajeran una silla.
Tímea asintió y se sentó despacio. Un incómodo y pesado nudo empezó a formarse en su estómago.
—Entonces, ¿por qué cree que debería contratarla? —preguntó con sarcasmo, mientras la examinaba descaradamente de arriba abajo.
Su mirada se detuvo en los zapatos desgastados de Tímea, en la raíz de un dedo de ancho en su cabello, y finalmente en su mano, que torpemente intentaba cubrir la maldita cremallera. Era evidente que buscaba defectos y que no le importaban en absoluto las cualificaciones ni la experiencia profesional de Tímea.
El desprecio se le notaba en la cara, y ni siquiera se esforzaba por disimularlo.
Tímea comenzó a recitar sus frases ensayadas —al principio con firmeza, luego cada vez con mayor inseguridad. El aire en la sala se volvió pesado, cargado de tensión y de una creciente antipatía.
—No me interesa lo que haya estudiado ni lo que haya hecho hasta ahora. Necesito a alguien con carácter, alguien que pueda leerme la mente y trabajar bajo presión sin quejarse.
El nudo en el estómago de Tímea no dejaba de crecer. Sentía que se le subía al pecho, que le pesaba sobre los muslos. Sus dedos apretaban con fuerza dolorosa el cursor de la cremallera.
Mientras el hombre hablaba, Tímea no pudo evitar imaginarse intentando estar a la altura, esforzándose por complacer a su jefe de cara aniñada. El gigantesco nudo le ocupó la garganta, le adormeció la lengua y se asentó con todo su peso sobre sus dedos de los pies.
Bajó las escaleras arrastrando los pies, agotada. Tímea ni siquiera recordaba en qué momento había decidido abandonar aquella asfixiante oficina. Tampoco sabía si se había despedido.
El joven sintió alivio cuando la puerta se cerró de golpe. No quería que su pasado —largamente olvidado— volviera a colarse en su vida. La lucha, la ansiedad constante, la falta de dinero seguían muy presentes en su memoria. Años de duro trabajo habían logrado por fin enterrar todo eso. Sus zapatos ahora eran de cuero suave, su ropa de excelente calidad. No iba a contemplar la lucha de nadie más. Jamás volvería a ver a don nadies insignificantes con las manos temblorosas y cremalleras rotas.