K., directora general
Ella fue el primer espejo real que tuve. De esos en los que mirar duele. Cuando la conocí, apenas era un poco mayor que yo, y aun así parecía ir años luz por delante. Una mujer inteligente, segura de sí misma, al frente de un negocio exitoso… con la misma carrera que yo. Y además era guapa. Encantadora, incluso. Yo me quedé allí, de pie frente a ella, agarrándome al borde del pantalón, esperando averiguar si estaba a su altura.
Lo estaba. Pero sentía una envidia terrible. Me llevó mucho tiempo transformar aquel malestar: primero en curiosidad, y después en un auténtico deseo de aprender. Era imposible enfadarse con ella, y la verdad, no había motivo. Su franqueza iba acompañada de amabilidad. Orientaba más que mandaba. Si me equivocaba, me ayudaba a solucionarlo. A su lado jamás tuve que entrar en pánico.
Otros lo hacían por mí. Gente a la que le molestaba su aparente perfección. Allí, en aquel entorno, no se le veía un defecto. Hacía su trabajo de forma excepcional, sabía exactamente cómo tratar a cada persona, y era un placer simplemente mirarla. Yo la envidiaba sin freno, hasta el instante en que decidí que yo nunca podría lograr nada parecido.
No era una actitud sana, pero en aquel momento me salvó de sentir rencor hacia ella. Me evitó culparla por aquello que yo no sabía hacer. ¿Cómo iba a lograr nada, si ni siquiera lo intentaba? ¿Si ni siquiera había estado en situaciones similares? Yo no quería éxito. No aspiraba a nada más. Ni por un momento se me ocurrió que yo también pudiera conseguirlo. Daba por hecho que el éxito era un privilegio con el que algunos nacen.
Tal vez pensaba que dependía del dinero, o de un talento extraordinario.
—¿Que ella lo consiguió? Claro, partía de una situación mejor… Sus padres tienen un hotel que les va de maravilla. ¿Y él? Bueno, él es un genio, se sacó dos cursos de la carrera en un año… —cosas así me decía para consolarme. Y funcionaba. Me acomodé en el papel confortable de quien solo puede llegar hasta cierto punto, siempre que sea trabajadora y espabilada. Yo lo era. Solo que no sabía que eso bastaba… siempre que hubiera verdadera voluntad.
Puede que la mayor ventaja de K. fuera que ella no creía lo que yo creía. Simplemente vivía con el lujo de conocer sus propias capacidades. Veía lo que había conseguido. ¿Por qué iba a limitarse? ¿Por qué iba a imaginar barreras que no existían? Jamás se le ocurrió pensar en lo imposible. En algo tenía razón: no basta con ser buena. Hace falta algo más. Como mínimo, una voluntad firme. Y un poco de fe.
Mientras tanto, yo miraba a menudo hacia atrás, desde la meta, y pensaba: “Bueno, sí, he llegado, he ganado, vale… pero venga, habría salido mejor con dinero, ropa bonita y los dientes perfectos”.
Tras pasar mucho tiempo hablando con ella, algo por fin encajó. No era “mejor” que yo; simplemente no se comparaba con nadie. No buscaba excusas para no avanzar. Esos pensamientos absurdos ni siquiera se le pasaban por la cabeza.
Eso fue lo que más dolió. Darme cuenta de que no eran mis circunstancias, ni mi economía, ni mi entorno lo que construyó la estrecha jaula en la que vivía.
Fui yo. Solo yo.