B., madre de familia
B. trajo a mi vida un tipo de inspiración completamente distinto. Me enseñó la naturalidad del bienestar y la elegancia silenciosa de la calma. Me mostró un mundo en el que disfrutamos la belleza de la vida en silencio, sin dejar entrar ruidos ni interrupciones innecesarias. Recuerdo perfectamente lo llamativa que era su calma excesiva. De ese tipo que te hace sospechar que algo no encaja. Porque nadie puede estar tan despreocupado, tan intacto, ¿no? Y menos en un mundo tan estresante. Siempre tiene que haber algo de lo que preocuparse.
Incluso cuando estamos sanos y vivimos cómodamente, siempre aparece el siguiente examen del niño; el vestuario de la actuación, que aún no ha llegado; el nuevo virus estomacal que ha tumbado a medio curso. O el plazo absurdo puesto por un jefe aún más absurdo; la temporada de bañador acercándose y reclamando unos kilos menos; los invitados del fin de semana que habrá que alimentar con algo. Hay infinidad de motivos para inquietarse, para morderse las uñas. Y si la salud no es perfecta, o las circunstancias son más duras, entonces el catálogo de “posibilidades” es infinito.
Y luego está B., que se niega a reconocer nada de eso. Si se encontrara frente a un obstáculo, juro que simplemente alzaría una ceja y lo miraría fijamente hasta que, avergonzado, se retirara por su propio pie. Dudo sinceramente que haya sentido alguna vez que no tenía escapatoria. Es demasiado serena para eso. En su mundo solo existen situaciones: unas que se resuelven antes, otras que tardan más, pero siguen siendo situaciones. B. no se preocupa porque está profundamente convencida de que la vida es completa tal cual es: a veces nos lanza hacia un lado, otras hacia el contrario.
La armonía que irradia es deliciosamente contagiosa. Se me relaja la frente en cuanto sé que vamos a vernos. Mi cerebro casi susurra: «Qué bien, el mundo va a tranquilizarse a nuestro alrededor en cualquier momento», y se recuesta en su silla. Todas las preocupaciones se retiran a su pequeño escondite y cierran la puerta con cuidado. Saben perfectamente que, durante un buen rato, no tendrán trabajo. Por mucho que lo intenten, nadie les va a hacer caso.
Donde está B., siempre brilla el sol. El aire es cálido y perfumado. Los pájaros trinan suavemente y el océano zumba en el fondo. A su alrededor no hay palabras estridentes y todas las caras parecen sonreír. Cerca de B. lo mejor es simplemente estar — disfrutar de la bondad que lleva consigo sin escatimarla a nadie. Admirar cómo los problemas o bien se escapan, o aparecen con un color completamente distinto. A veces se convierten en ideas inspiradoras; otras, en desafíos interesantes. Por suerte, conocí a B. cuando ya había superado la fase de la envidia. Supe desde el primer momento que era un tesoro: alguien de quien aprender a vivir bien.