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¿Quieres palomitas con eso?

¿Y de qué tipo? ¿Saladas, con mantequilla? ¿O quizás saladas y con mantequilla?

Te lo pregunto a ti — a quien se le va la mano instintivamente hacia algo de picar en cuanto hay un “espectáculo” delante. Sea el dolor de alguien, su humillación o la desesperada danza de quien intenta mantener el equilibrio en el filo de la navaja. Porque tu mano no se extiende hacia el otro: se retrae. Tu cuerpo se echa un poco hacia atrás, lo justo para tener mejor ángulo. Para asegurarte de que cada detalle entre en el encuadre, pero sin perder la cara de vista. Esa cara deformada por el miedo o las lágrimas. Desde esa distancia segura ves el cuerpo entero tensarse, las rodillas temblando y el oscuro agujero que se abre debajo — ese en el que tal vez caiga.

Emisión en directo.

Solo para tu entretenimiento.

Si cae — esa es la mejor parte. Puedes verle desplomarse, oír su último grito desesperado. Cada detalle de la escena se te graba dentro — el sonido, la imagen, el movimiento — y, con suerte, te dura toda la vida. Un recuerdo para tus incontables horas miserables, solitarias, frustradas… o incluso para esas cuantas relaciones sexuales que salieron fatal. Solo necesitas evocar la imagen grabada en tu retina y, de repente, el tiempo pasa más deprisa, tu libido se despierta. Sonríes, reconfortado por el pensamiento: al menos no eras tú. Su caída fue puro infierno. ¿Qué es eso comparado con un polvo de mierda?

Si no cae — también sirve.

El miedo, casi palpable y espeso en el aire, se convierte en tema perfecto para llenar el silencio en una cena.

Anima cualquier conversación aburrida.

Durante esos pocos minutos en los que relatas la historia, se te encienden las mejillas, se te acelera la respiración.

Y si tienes algo de imaginación, puedes adornarla: retorcerla, alargarla, añadir o quitar lo que te dé la gana.

Cualquier cosa para que dure más, para que la historia siga siendo lo bastante emocionante como para volver a contarla.

Nadie más vio esa pequeña película privada tuya, tan llena de posibilidades. Incluso podrías hacer que terminara contigo como héroe: el valiente salvador de espada desenvainada.

Podrías hablar de ello con condescendencia, subrayando las supuestas debilidades de ese pobre desgraciado que casi se cae.

Pero no.

Porque, gracias a Dios, tú estabas allí.

Tú — tan fascinante, tan generoso.

Podrías decir que simplemente te gusta vivir al límite.

Pero no se trata de eso.

Si de verdad buscaras el peligro, te tenderías sobre ese maldito agujero, clavando las uñas en la tierra para no caer — y para ayudar.

No, lo que te mueve es otra cosa. Esa envidia profunda, visceral, tejida entre cuerpo y alma.

La que se enciende con cada señal, con cada detonante, parpadeando con su cegador cartel luminoso:

«¡Ni siquiera lo mereces!»

Porque todo el mundo sabe que eres tú quien debería tenerlo.

Aunque, en el fondo, no sabrías ni qué hacer con ello.

A veces tengo que detenerme y mirarte bien.

Aunque te haya visto mil veces.

Tu especie atraviesa países, ciudades, títulos, circunstancias, edades y géneros.

Y, aun así, cada vez me sorprende:

¿De verdad estás metiéndote esas malditas palomitas en la boca mientras ese pobre desgraciado, a pocos metros, se agarra la herida de bala?

¿Y eso que asoma en tus labios… es una sonrisa?

Ojalá pudiera agarrarte por los hombros — zarandearte de verdad — para que entendieras esto:

ninguna película va a sacarte de la mierda,

y no existen tantas buenas historias como para llenar una vida entera.