A veces dan ganas de rendirse sin más.
No en silencio. No largándote sin hacer ruido. No.
Ponerte en pie de un salto, apartar la silla de una patada, barrer todo de la mesa de un manotazo lleno de rabia y gritar:
—¡Me rindo, joder! ¡Ya basta! ¡No puedo más!
Luego salir dando un portazo y gritarle al mundo:
—¿Me oyes? ¡No pienso seguir con esto! ¡Ni de coña!
Y después… mandar todo a la mierda.
Nada de seguir forzando, luchando, queriendo, empujando siempre hacia delante, sin descanso. No.
Sería un alivio hundirse, aunque solo fuera un rato, en la autocompasión. Sentir el temblor cansado del cuerpo, el dolor sordo del alma. Abandonarse al no querer, a la debilidad, a la falta de rumbo.
Porque no se puede vivir siempre en tensión, tan concentrada todo el tiempo.
Dicen que parar es fácil. ¿Cómo era aquello que siempre dicen? Ah, sí: «Rendirse es lo más fácil».
¿Ah, sí? ¿De verdad?
Porque eso es mentira.
Puedes intentarlo… no te va a durar.
Porque siempre hay otra meta. Una más grande. Justo cuando estás a punto de alcanzar la actual, justo cuando esperas poder respirar por fin, la siguiente ya está ahí. Y con ella llega la decepción de que todavía no estás donde deberías.
¿Dónde exactamente?
Pues… donde se supone que deberías estar.
Claro que nunca queda del todo claro quién dice que deberías estar allí… pero una cosa es segura: estés donde estés ahora mismo, desde luego no es «suficiente». Y resulta especialmente difícil lograr algo cuando el inicio del camino nunca cuenta — solo importa el punto exacto en el que te encuentras ahora.
Y aun así, yo diría:
—Mira todo lo que has recorrido.
La respuesta llegaría enseguida:
—¿Desde ayer? Venga ya.
Intentaría explicarme:
—No desde ayer… desde el comienzo del camino…
La réplica sería inmediata:
—¿Y a quién le importa el comienzo? ¿Dónde has llegado desde ayer? Exacto.
No se puede vivir sin una meta.
¿Ah, no?
¿Podríamos probarlo un ratito?
Vale. Un ratito.
¿Ves?
Ni siquiera nos atrevemos a imaginar más.
En ese caso, quizá merezca acabar en el suelo un rato.
Pisotearla. Saltar sobre ella. Cubrirla de arena.
Mirar cómo se arruga, cómo se ensucia,
hasta que ya nadie pueda tomársela en serio.
Y entonces dejarla allí, con la cabeza bien alta.
Que se pudra.
Y quizá, cuando vuelva y lo pida por las buenas…
quizá entonces apiadarse de ella — y hacer lo mínimo.