Balint sabía que tenía que hacerlo. Se lo debía a su mujer, aunque lo hiciera a regañadientes. Cada parte de él se oponía a la terapia de pareja, pero quería cooperar. En algún lugar del fondo de su alma sabía que tenían muchas cosas que decirse, pero por su parte él nunca hubiera iniciado las sesiones. Tal vez realmente no anduviera todo bien, pero seguía sintiéndose reacio a todo aquello. No tenía ni idea de lo que le depararía una reunión semanal con el psicólogo. Algo le decía que no sería nada bueno. Tenía más de cincuenta años y no le apetecía que le pidieran cuentas sobre sus pecados, ya fueran reales o imaginarios. No quería sentarse en el diván como el mal marido, con cara de arrepentido. Pero si eso hacía que Ildiko se tranquilizara, pues que así sea.
Y además… Peter, su mejor amigo, había insinuado varias veces que le resultaba extraño todos aquellos «retiros del mundo». Susana lo definió de una forma más cruda: Una verdadera madre y esposa no necesita dos días lejos de la familia cada trimestre. Según ella, una mujer así no está hecha para tener familia. Susana no ocultaba su odio hacia Ildiko. Y los viajes la hicieron despreciar aún más a la mujer de su amigo. Según la pareja, el hecho de que Bálint pasara unos días con sus amigos era otra historia. Bálint es un hombre, y un hombre necesita tener sus fiestas de machos. Senderismo, unas cervezas por la noche con los amigos, jugar a las cartas y conversaciones trascendentales. Según Susana eso es lo que necesita un hombre para seguir siendo un padre y un marido paciente. Aunque a Peter ella le tenía prohibido hacer esas cosas. Según ella su marido era demasiado mayor para esas cosas, ya festejó lo suficiente durante su primer matrimonio.
La madre de Bálint también sacudió la cabeza en señal de desaprobación cuando se mencionó el reciente viaje de Ildiko al extranjero. ¿Por qué demonios tiene que estar siempre de un lado para otro? ¿es que no puede controlarse esa mujer? Con dos hijos, ¿cómo se le ocurre semejante cosa? Según ella eso sólo puede significar una cosa: un amante.
Bálint pidió a Peter y Susana su opinión sobre el supuesto amante. La mujer abrió mucho los brazos con una expresión sugerente en el rostro: ¡Qué bueno que no fui yo quien lo mencionó!
El hombre no creía que su mujer le estuviera engañando. Sí, hay cosas que de las que no hablan, que se han guardado cuidadosamente bajo la alfombra. Pero como hombre y mujer, siguen funcionando bien juntos.
Además, Ildiko es quien ha buscado el terapeuta. Si tuviera algo que ocultar, no se atrevería a ir a un psicólogo.
Ildikó se preparó para su primera sesión. Estaba enfadada por haberse dejado convencer por su colega. Estaba preparada para no poder trabajar bien mientras durara el proceso. No podía hacer nada cuando estaba disgustada o alterada y las sesiones le restarán toda su energía.
Al principio de su relación él le había dicho que necesitaba ser libre. A Ildiko le costó al principio, sobre todo cuando los niños eran pequeños. En aquella época los viajes duraban semanas enteras. Fue duro, pero se acostumbró. Con los años se había desarrollado una rutina, y estar «sola» con dos adolescentes ya no le resultaba tan estresante de todos modos. A Ildikó también le encantaban esos días.
La asistente de Ildikó le hizo notar que eso no era normal. Que un hombre desaparezca durante días varias veces al año es inaceptable. Señaló que lo llamado «fiesta de hombres» en una familia normal significa que el marido pasa como máximo una noche al mes con los amigos. Beben cerveza, eructan ruidosamente, dicen palabrotas, hablan sobre con quien les gustaría tener sexo. En resumen, hacen todo tipo de cosas que no pueden hacer delante del niño o no se atreven a hacer delante de la mujer. Eso es todo. No se van por largos períodos de tiempo. «¡Amiga, si eso no te hace saltar la alarma, es que hay algo mal en ti!»
Su asistente le había dicho, que ella le retorcería el pescuezo a su marido si hiciera tal cosa. A Ildiko le molestaba especialmente que su asistente llamara «hijo» a su marido y que a veces le gritara delante de los demás. Su asistente argumentó, cuando Ildikó la interrogó al respecto, que después de veinte años encerrados juntos era un milagro que no se le escapara algo más grosero de la boca. En el matrimonio de Bálint e Ildikó no había precedentes de que se insultaran el uno al otro. Tampoco sentían el impulso de hablar mal del otro.
Se sentaron en el sofá, rígidos. Ambos esperaban el veredicto con cara de arrepentimiento. Al preguntarles por qué querían ir a terapia, respondieron uno tras otro como quien responde a un examen.
—¿Y a ustedes? ¿Qué es lo que les molesta en que el otro necesite tiempo aparte?
Bálint se encogió de hombros lentamente.
—Nada, honestamente. Cuando ella se va, yo ceno pescado graso, cuyo olor Ildiko no soporta. Y cuando me voy, suelo escalar montañas con un par de compañeros de excursión, porque a mi mujer no le gustan ese tipo de excursiones.
Ildiko también intentó resumirlo todo.
—Cuando Bálint no está en casa, veo películas románticas en lengua extranjera. A él no le gusta ver películas subtituladas, y prefiere leer libros de biografías por las noches. Y cuando estoy fuera, me gusta meditar y dar largos paseos en la naturaleza. No escucho música ni veo películas. Simplemente disfruto del silencio. Hago yoga dos veces al día y me acuesto pronto por la noche.
—¿Y los niños?
—Bueno, desde que nacieron vivimos así. Como no discutimos por ello, no es un problema en casa. Creo que ni siquiera están al tanto de que otras familias no funcionan así.
—¿Qué les gustaría cambiar?
Los dos se quedaron callados y pensaron que ojalá pudieran volver a casa y seguir con su vida tal y como la habían formado.
Después de la sesión, acordaron dos cosas: no volver a hablar de su matrimonio con otras personas y solo acudir a terapia si uno de los dos quiere cambiar algo en su relación.