—Lili me tiene loca con lo de pintarse las uñas de rojo —refunfuñó Martha—. Ni hablar. Tiene trece años. Una niña de esa edad no tiene que pintarse las uñas.
Le cogió la mano a su hija y me la plantó delante.
—Pero, en serio —siguió—, ¿cómo iba a quedar eso? ¿En una niña?
—No lo sé —dije, dudando.
Miré la mano de mi propia hija, que también tenía trece años. Respiré aliviada al ver que se había pintado las uñas de un azul clarito.
—¿A ti qué te parece normal? —pregunté, a ver si así se relajaba un poco, esa tensión típica de cuando tienes invitados.
Una fiesta en el jardín que al final se había llenado de cuarenta personas agotaría a cualquiera. Menos mal que yo no tenía un patio tan grande.
—Nada —saltó Martha—. No deberían pintarse nada hasta los dieciséis. Los niños están mejor cuando son naturales. Y además, ¿dónde acaba eso si les das permiso? Primero es el esmalte, luego el maquillaje, luego los chicos. Dejarán de preocuparse por los estudios. Y después te preguntarás por qué no los aceptan en ninguna universidad.
No me atreví a decir ni una palabra. Recorrí el jardín con la mirada, medio esperando encontrar algún bote de quitaesmalte tirado por ahí, solo para poder borrar aquel horror azul de las uñas de mi hija —algo que hacía apenas unos minutos me había parecido perfectamente normal—. No porque temiera que pasara nada grave, sino porque no quería que, en nuestro primer encuentro, me colgaran la etiqueta de mala madre.
No se veía quitaesmalte por ninguna parte. Así que procuré no llamar la atención sobre las manos de mi hija. Coloqué platos en la mesa como si ya fuera de la casa, luego me quedé pegada a mi marido, intentando pasar desapercibida. Ni siquiera busqué a mi hija con la mirada, por miedo a atraerla sin querer. Como si no estuviera ya más que claro de quién era la niña de las uñas azules.
Sentí un alivio casi absurdo cuando la vi riéndose con una niña que llevaba tres pendientes puestos uno encima de otro en la oreja. Mi hija no estaba peor que esa.
Ya de noche, justo cuando me estaba sirviendo una bebida, Martha se me acercó.
—Bueno —dijo, bajando un poco la voz—, ¿qué te parece la gente?
—Muy majos. Todo el mundo parece bastante abierto.
¿Qué otra cosa iba a decir? No es que nadie me hubiera caído mal.
—¿Y esa mujer de ahí, la que le está dando la lata a su hija? —asintió hacia una madre muy arreglada, con chaqueta entallada y falda de tubo.
—Bueno… no parece rara.
—Venga ya, conmigo puedes ser sincera.
Sonreí apenas. Ya empezamos…
—Resulta que su hija quiere ponerse dos pendientes más. Como otra niña de aquí.
—Sí, me fijé.
—Pues fíjate tú. Se lo ha prohibido sin más… y no te imaginas por qué.
—No me lo puedo ni imaginar.
—Dice que si la niña se pone dos aritos más en las orejas, va a acabar mal. Tal cual.
—Madre mía…
—¿A que sí? ¿Te parece normal? Ya estaba diciendo que la niña —que, por cierto, es muy aplicada, saca buenas notas y es lista— se va a echar a perder. Lo siguiente será decir que no la cogen en la universidad por llevar dos pendientes plateados de mierda. En serio. ¿Eso te parece normal?