—¿Qué te parece si tomamos un café mientras los niños entrenan?
Dios mío. Qué cutre. ¿Café? ¿A las seis de la tarde? Una idea genial para hacer el ridículo. Por esa regla de tres, también podría tirarle del pelo y salir corriendo a esconderme detrás de un árbol en el patio. Seguro que ya tiene planes para esta hora y media. A lo mejor va a hacer la compra o… yo qué sé. Pero si no lo intento, seguro que no pasa nada. Aun así, lo del café me parece demasiado. Invitarla a dar un paseo suena demasiado romántico. No quiero parecer pesada. Sobre todo porque ni siquiera nos conocemos. O sea… ella no me conoce. Yo a ella sí. Llevo un tiempo fijándome en ella.
Pero no puedo ir y soltarle algo como:
«Oye, me fijé en ti al principio del curso… por tu sentido del humor. ¿Qué tal si nos tomamos una limonada de frambuesa mientras los chicos entrenan?»
Uf. Patético.
¿Y si le pregunto dónde compra la ropa de deporte de su hijo?
Y ella dice:
—En el mismo sitio que tú. Llevan el mismo logo en la camiseta.
Estupendo.
Entonces yo me reiría:
—¡Anda, es verdad! ¿Dónde tengo la cabeza?
Ella sonreiría con educación, se marcharía, y yo me quedaría ahí plantada, odiándome por haberla cagado.
Podría proponerle que vayamos juntos al próximo torneo, y así conduzco yo. Total, para qué dos coches.
Y entonces diría:
—Ah, genial, ¡gracias! Yo no puedo ir, pero qué maja eres por llevar también a mi hijo.
Y justo antes del viaje, me daría una lista interminable de instrucciones:
lo que no debo darle de comer si paramos, qué hacer si se marea, cómo hay que tratarle en general.
No sería mandona, no. Solo… lo justo como para darme cuenta de que en realidad no es tan maja como pensaba.
Y ahí estaría yo, conduciendo con su niño insoportable atrás.
Que, por cierto, se marea en el coche.
Tal vez podría ser yo quien le pidiera un favor.
Pero ¿qué?
Podría inventarme algo…
¡Ya está!
Le preguntaré si sabe de alguna casa en venta por la zona. Puedo decir que es para una amiga. Nadie tiene por qué saber que yo soy esa amiga. Técnicamente, ni siquiera es mentira. Al fin y al cabo, me conozco, ¿no?
Sí. Eso es.
Eso está bien.
Es fácil.
Natural.
El inicio de conversación perfecto.
No me puedo creer que no se me haya ocurrido antes. Ahora solo falta que ella sea tan simpática y graciosa como parece. Si no… pues vaya chasco.
¿En serio hacerse amiga de alguien en la edad adulta tiene que ser tan complicado?
De pequeña, jugaba con quien viviera más cerca. Me daba igual quién fuera, mientras supiera las reglas del escondite y del pilla-pilla. Aunque fuera una tiquismiquis. Me daba lo mismo.
A lo mejor ese es el problema. Nunca aprendí a hacer amigas de verdad.
Y ahora aquí estoy, mirando a esta mujer que parece realmente maja, otra madre con dos hijos, más o menos de mi edad…y ni siquiera soy capaz de saludarla.
¿La verdad?
Me resultaría más fácil invitar a salir a uno de los padres.
No porque me apetezca. Sino porque, por alguna razón, hacer una nueva amiga me parece aún más difícil.