El diario de Emily – historia romántica sobre la vida de una joven. Relatos cortos, emocionales y sensuales de Sonja Blonde.
El lunes, Thessa me metió un buen puñetazo en el estómago con un correo de lo más alegre. Me recordó que el catálogo multilingüe que solemos preparar para uno de nuestros clientes de toda la vida ya tendría que estar camino de imprenta.
Lo poco de sentido común que me quedaba acaba de desaparecer oficialmente. Aunque, siendo sincera, tampoco es que me quedara demasiado con el agotamiento que llevo encima últimamente. Así que hace un rato bajé a la tienda.
Tuve una pesadilla. Con el Gruñón. Estaba ahí, mirándome con esos ojos azul hielo, el ceño fruncido. Me dio un susto tremendo. Me desperté empapada en sudor.
Para el jueves, llevaba toda la semana en piloto automático. Me levanto a las siete cada mañana, y esa hora que me reservo es sagrada.
Mark se presentó el lunes a las ocho de la mañana, como si no supiera que estaba llevando yo sola un proyecto pensado para tres personas. Ni siquiera tengo que ir a la oficina para no perder tiempo en desplazamientos, y aun así, a las ocho y siete estaba llamando a mi puerta.
Durante la primera semana, la empresa de telecomunicaciones me dio una carga de trabajo bastante asumible. De momento, he tenido jornadas normales, sin escaquearme ni un minuto: ocho horas completas cada día.
El lunes, unos minutos antes de las diez, ya estaba esperando a Adam, temblando de emoción. Había dejado el pelo ligeramente húmedo a propósito, con la esperanza de que los mechones mojados le hicieran imaginarme saliendo de la ducha.
El martes todos llegaron puntuales a la piscina. Me sorprendió, aunque no lo mostré. No quería que pensaran que me estaban haciendo un favor.
La reacción de Adele al sofá fue exactamente la que esperaba.
—¿Lila claro? ¿Te has vuelto loca? —se quedó mirando mi nuevo mueble con incredulidad—. ¿En qué estabas pensando cuando elegiste ese color? ¿Que vas a ganar tanto dinero que podrás cambiarlo todos los meses?
El lunes por la mañana fui andando a la oficina. El frío me mordía la cara y se me colaba por las muñecas hasta la nuca. Revolví en el bolso por si al final había metido los guantes, pero, como me temía, ni rastro.