El diario sincero y divertido de una joven traductora sobre el trabajo, la amistad y los flechazos inesperados. Gratis online, con entrada nueva cada lunes.
El diario de Emily
El diario de Emily es una historia romántica contada a través de las entradas sinceras y llenas de humor de una joven traductora. Entre el trabajo, sus amigos y algún que otro flechazo inesperado, Emily intenta descubrir qué quiere de verdad. Cada lunes llega una nueva entrada, y puedes empezar por la primera cuando quieras.
¡Ya está terminada mi barra! Me parece increíble que la semana pasada solo soñara con ella y ahora esté escribiendo mi diario encima. Encimera mate en blanco roto y cuatro elegantes taburetes con respaldo curvo y tapizado gris claro. Reviento de orgullo. No me canso de mirarla.
¡Vaya manera de empezar las vacaciones! El lunes me desperté junto a Ben en un rincón acristalado con vistas al jardín de ensueño de una casa fabulosa. Cuando nos espabilamos un poco, nos dimos una ducha agradable y refrescante y luego volvimos a meternos en la cama, para empezar el día con buen pie. Ben sigue siendo un dios en la cama.
Todavía no me creo que haya terminado. No solo el trabajo, sino toda esta semana en general. Esperaba acabar a una hora decente el viernes. Tenía pensado llamar a Ben y gemirle al teléfono lo mucho que lo deseaba. Él, por supuesto, vendría corriendo al instante y me haría suya en cada rincón del piso. En lugar de eso, a las doce menos diez, con los ojos hinchados de tanto llorar, conseguí enviar la última entrega. Estaba cansada, furiosa y me daba tanta pena de mí misma que no me apetecía nada. Desnudarme, lo que menos.
Hasta que termine el proyecto, Ben y yo no nos vemos, solo hablamos por teléfono. Unos días más y se acabarán las madrugadas trabajando, la falta de sueño y el estrés constante. Claro, todavía tenía que haber un poco de drama al final: alguien de la operadora hizo mal los cálculos, así que esta última semana voy a recibir un cincuenta por ciento más de material del que habíamos acordado.
Mark dice que la intuición no existe. Según él, solo tiene malos presentimientos constantes la gente que ya de por sí «se amarga con cualquier chorrada». A partir de ahí deja de ser un pensamiento siniestro ligado a algo concreto y se convierte en la típica «mierda autodestructiva» a la que esa persona se ha enganchado. La persona, o sea, la mujer. Los hombres no se complican tanto la vida.
Parece que de verdad tengo una relación de adultos. Es cierto que nos llevamos bastantes años. Conseguí averiguar por el contrato que tiene cuarenta y cuatro. Pero quizá sea lo mejor. Hay parejas felices con una diferencia de edad todavía mayor que la nuestra. Con hijos y todo.
Nada de lo que pasó la semana pasada importa. Solo esto: el miércoles por la noche reuní hasta la última pizca de valor que me quedaba y le escribí a Ben.
El maratón de trabajo de la semana pasada, las ganas de demostrar lo que valgo y la falta de sueño pasaron factura: se me inflamaron los dos ojos. Me bastó con echarme un vistazo al espejo. Le prometí a la pobre desgraciada que tenía delante que la dejaría en paz, que ni la miraría.
Me acosté el domingo con un mal presentimiento. Había trabajado hasta las tres de la madrugada, y en cuanto pulsé enviar, se me encogió el pecho.
Nunca había tenido un sueño recurrente. Y mucho menos del tipo que te hace despertar empapada en sudor y temblando. Conocía a alguien a quien, durante semanas, lo perseguían en sueños un conejo con sonrisa maligna y una jirafa.