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Abuelo

—Zumo de manzana para las niñas, mosto para los chicos grandes —dice la señora de la barra, dejando los vasos manchados delante de nosotros.

A escondidas, para que nadie se dé cuenta, siempre froto con los dedos un pequeño tramo del borde del vaso. Luego procuro beber solo por esa parte.

Sé que no los lava bien. Echa unas gotas de lavavajillas en el agua, lo remueve con la mano y luego mete los vasos un momento, y listo. La señora de la limpieza siempre murmura a sus espaldas que eso no es fregar ni de lejos. Y los clientes acaban bebiendo en vasos sucios. Una vez se lo conté al Abuelo, pero él solo hizo un gesto de desprecio. Según él, el alcohol desinfecta. En el bar todos beben alcohol de todas formas. Todos menos yo. A mí siempre me toca zumo de manzana. Durante otros doce años más, por lo menos según los amigos del Abuelo. Después, ya me “echaré el vino al coleto” como cualquier persona decente.

El zumo de manzana ni siquiera me gusta tanto. Sabe a agua con cloro. Lo sorbo a desgana. Lo dejaría encantado, pero no quiero ofender a la señora de la barra. Abuelo dice que tiene un corazón de oro. Asegura que en él cabe un equipo de fútbol entero. Y también entre las piernas. Eso ya no me lo creo. Sobre todo porque siempre lleva minifalda ajustada.

Creo que nunca llegaré a que me guste el vino. Tiene un olor agrio y desagradable. Sobre todo cuando los hombres lo echan por la nariz al respirar. El Abuelo también. Cuando se inclinan demasiado hacia mí, aguanto la respiración. Si no me libro con un par de chistes incomprensibles y siguen hablando hasta que casi se nos tocan las narices, bajo la cabeza y lleno los pulmones todo lo rápido que puedo. Aunque su ropa tampoco huele bien. A veces me imagino que soy un prisionero, y que no tendré aire fresco hasta que consiga escapar. Cuando por fin lo logro, salgo corriendo al jardín del bar y respiro jadeando. Lástima que no pueda quedarme allí mucho rato: es territorio de los jugadores de cartas, y no se les puede distraer mientras piensan. Eso sí, ellos pueden armar todo el ruido que quieran, no les molesta. Y yo ni siquiera abriría la boca. Me metería debajo de una mesa y esperaría allí a que se acabara «el permiso» del Abuelo. Que en realidad es «el ratito de la Abuela», cuando nadie puede estar en casa. Ni siquiera yo. Aunque jurase quedarme calladito en la despensa. La verdad es que haría cualquier cosa con tal de no venir al bar. Pero el ratito es sagrado. La Abuela dice que algún día entenderé lo terriblemente duro que es estar sirviendo siempre a los demás.

Los días de lluvia son los mejores, porque entonces nadie se sienta fuera. Tienen miedo de que se mojen las cartas. Claro que yo tampoco puedo salir, no vaya a ser que meta barro, pero al menos puedo quedarme en la puerta. A no ser que haya corriente, porque eso al Abuelo no le gusta. Entonces hay que cerrar la puerta. Esos permisos se hacen eternas. El bar enseguida se llena del hedor espeso de todos los “bocazas de vino”, como los llama la Abuela.

La señora de la barra dice que cuando sea mayor, en verano la ayudaré a servir a los de las cartas y a los de las tragaperras. Yo le sonrío educadamente, pero por dentro se me encoge el corazón. Porque yo preferiría ayudar a la señora de la limpieza. En el jardín dejaría todas las mesas relucientes, para que los jugadores estuvieran más a gusto. Pasaría el día entero atareado a su alrededor. Y aun así no me dirigirían la palabra, igual que ahora. El juego les absorbe por completo.

No hay muchos de las tragaperras. El único que se sienta horas y horas todas las tardes es el Abuelo. Dice que me enseñará encantado cuando ya llegue bien a los botones. Pero yo aún soy un enano, siempre estirando el cuello para mirar. Y además, es bastante aburrido. Creo que incluso el Abuelo a veces se cansa. Una vez le dije que fuéramos mejor al parque, pero claro, allí no hay vino.

Cuando empiece a ganar dinero limpiando el bar, le compraré una botella entera en la tienda. A ver si así le apetece sentarse en un banco, al aire libre, mientras yo me columpio.