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Calle la Rosa, 22 – Parte 78

La oscura cúpula de cristal que rodeaba a Ted apenas dejaba pasar los sonidos del mundo exterior. Solo unos pocos rumores lejanos se filtraban a través del muro espeso. De vez en cuando surgía en él el deseo de asomarse a aquel extraño y misterioso mundo, pero nunca lo hacía. Flotar en medio de la nada resultaba demasiado placentero: un suave vaivén en un estado al que no perturbaban ni figuras sospechosas, ni sucesos inesperados, ni ruidos ásperos y desagradables.

Una paz y una armonía lo envolvían como nunca antes había experimentado. No había imaginado lo liberador que podía resultar no estar constantemente en guardia. ¡Y el silencio! Sus músculos ya no se tensaban al simple recuerdo de la piscina, que en cualquier momento podía verse invadida por los chillidos de los niños del complejo. Porque, de hecho, ni siquiera se le pasaba por la cabeza.

De vez en cuando se le aparecía ante los ojos el azul ondulante del agua centelleando al sol, pero ahora no era Emily en quien pensaba, sino en el agua misma: en su caricia fresca y sedosa. En aquella suavidad que le cosquilleaba la nuca cuando se apoyaba en el borde de la piscina esperando a que enfriara su cuerpo sobrecalentado. A veces podía sentir casi de forma real aquel roce húmedo y delicado deslizándose por la piel de su hombro.

Abrió los ojos. Somnoliento, miró a su alrededor en la penumbra. Solo unos estrechos haces de luz se colaban por las persianas de su dormitorio. Unas persianas que casi nunca bajaba: no soportaba la oscuridad artificial. Le gustaba la luz natural: la manera en que, por sí sola, iba creciendo poco a poco, para después ir desvaneciéndose a medida que pasaban las horas.

Ni siquiera había sido consciente de que hasta entonces tenía los ojos cerrados. Pero ahora que la sensación de flotar se había desvanecido y la cruda realidad de su casa lo envolvía, le invadió la inquietud. ¿Había sido una pesadilla? ¿O simplemente había dormido demasiado? Difícilmente podía calificarse de algo malo… Pero entonces, ¿por qué estaban las persianas bajadas cuando fuera el sol brillaba con toda su fuerza?

Giró lentamente la cabeza hacia el otro lado, pero el movimiento le resultó pesado y agotador. Apenas alcanzó a distinguir algo estrecho que se alzaba junto a su cama, aunque no tuvo fuerzas para comprender qué era. Exhausto, se precipitó de nuevo en el sueño.

Cuando volvió a despertarse, era de noche. Esta vez no se filtraba ningún resquicio de luz a través de las persianas. Ya no tenía sueño. Movió con cautela el brazo. Al comprobar que le respondía, llevó la mano al rostro y lo acarició. Su piel estaba suave, recién afeitada. La desazón regresó. Con el pie dibujó unos lentos círculos. ¿Pero por qué? ¿A qué temía? ¿Por qué sentía que debía vigilar cada uno de sus movimientos?

Con la mano recorrió despacio su cuerpo. Yacía completamente desnudo bajo una fina sábana. El pavor trepó primero a su mente y de ahí fue filtrándose a su cuerpo. Corría lentamente por sus venas, como si incluso el miedo encontrara dificultades para abrirse camino. Y, sin embargo, tenía todos los motivos para estar asustado. Desnudo y aturdido, yacía en una habitación oscurecida por desconocidos. De una cosa estaba seguro: no estaba allí por voluntad propia.

Aun así, aquella extraña pesadez reprimía sus instintos, incluso en ese estado de semialerta. No se incorporó de golpe, ni corrió hacia la ventana. Se limitó a tantear con cautela en la oscuridad, sin intentar levantarse.

¿Estaba solo? Se agarró al borde de la cama y aguzó el oído. Nada rompía el silencio inquietante de la noche, salvo el golpeteo de su propio corazón. Y, sin embargo, aquel latido rítmico resonaba en su interior con una claridad aterradora. Sus huesos parecían devolver el eco del pulso de su sangre, como si ya no quedara músculo ni carne que lo amortiguara.

Reuniendo todas sus fuerzas, se incorporó sobre un codo. En ese instante, un dolor punzante le desgarró el bajo vientre. Extraño, antinatural… como si el metal lo arañara desde dentro. Se llevó la mano al bajo vientre. Sin pensarlo, arrancó de sí mismo el fino tubo de plástico. Un grito se le escapó de la garganta.

La voz suave, aterciopelada, le resultaba conocida. La ternura de aquella mano extraña, en cambio, no. Apenas notó el pinchazo de la aguja. El dolor feroz, palpitante, en su bajo vientre lo dominaba todo. Un frescor húmedo le resbaló por la frente y, una vez más, se precipitó en un sueño profundo y sin conciencia.