En este momento estás viendo Acoso
rickey123, Pixabay

Acoso

—¿Qué pasa con el tipo que te está acosando?

—¿Qué? ¿Alguien te está acosando?

—¿Ni siquiera lo sabías?

Las dos amigas miraron con curiosidad a Hilda, que estaba sentada frente a ellas. La mujer, de unos cuarenta y tantos años, se ajustó las gafas antes de hablar. Disfrutaba de la atención, aunque fingía que las miradas ansiosas no eran lo que la motivaban.

—Bueno, ayer me encargué de ese desgraciado para siempre.

Su amiga de la infancia se pasó ambas manos por su ardiente cabello rojo.

—¡No nos dejes con la intriga! ¿Qué hiciste? ¿Por fin lo denunciaste?

—¡¿Qué?! —chilló la tercera, casi ahogándose con la bebida gaseosa que había pedido con el almuerzo.

—Shhh —la pelirroja la mandó a callar—. Hasta los camareros nos están mirando.

—Entonces, cuéntamelo todo —susurró la mujer de manos regordetas, juntando las palmas como si estuviera a punto de rezar.

—Todo empezó hace años —comenzó Hilda lentamente—. Un día entré por casualidad en su tienda de comida para mascotas, que acababa de abrir. Como era un tipo atractivo, charlamos un poco, nos reímos, y al final me hizo un descuento gigantesco en todo lo que compré para mis gatos.

—Ajá… —resopló la de manos regordetas, indicando que estaba escuchando atentamente.

—Más tarde, me agregó en una de las redes sociales y, desde entonces, no me ha dejado en paz —declaró Hilda con dramatismo.

—Dios mío —jadeó la amiga que no sabía nada hasta ese momento—. ¿Y qué hace exactamente?

—Cada pocos meses me envía el catálogo, acompañado de algún mensaje ridículo.

—¿Cómo qué?

—Depende de la ocasión. Para el Día de la Mujer, mi santo, Año Nuevo…

—Ajá, ¿y?

—¿Y? ¿Con qué derecho me acosa? ¡Estoy casada, por el amor de Dios!

—Sí, tienes razón. ¡Qué descaro!

—Eso ni siquiera es lo peor —intervino la pelirroja—. Le preguntó a Hilda dónde suele almorzar.

—¿Y?

—Desde entonces, ese cerdo pervertido también almuerza ahí.

—Es increíble lo que son capaces de hacer estos desesperados. Seguro que le encantaría un poco de sexo gratis. ¡Debería darle vergüenza!

—¡¿Verdad?! —saltó Hilda—. ¿Para qué más seguir enviándome su patético catálogo? Es obvio que solo quiere acostarse conmigo.

—¡Qué asco de tipo! ¿Por qué no lo denuncias?

—Necesitaría algún tipo de prueba de acoso.

—Tienes todos esos mensajes.

—No puedo ir a la policía con algo como: «Con motivo de tu santo, te envío con cariño el catálogo de abril. Saludos, Adam».

—¿Y lo del restaurante? Es bastante sospechoso, ¿no?

—No va a la misma hora que nosotras. Además, ya ni siquiera almorzamos ahí.

—¿Y lo más reciente? —preguntó la pelirroja con aire de importancia.

—¿Lo más reciente? ¿Tengo que sacarles todo con sacacorchos?

—Me preguntó dónde vivo…

La mujer de manos regordetas se llevó la suya a la boca, horrorizada.

—Dios santo —gimió—. Pero no le dijiste, ¿verdad?

—¡Por supuesto que no! —se indignó Hilda—. Supuestamente solo lo preguntó porque hace entregas a domicilio, pero todas sabemos que es una excusa barata.

—Seguro que su mujer lo tiene bien controlado y ahora se está volviendo loco —reflexionó la pelirroja, meneando la cabeza.

—O crisis de la mediana edad —bufó la regordeta, sin aliento por la emoción.

—Yo más bien creo que ha sido un mujeriego toda su vida —añadió Hilda.

—¡Puede ser! Es más, seguro que abrió esa tienda solo para ligar con más mujeres.

—¡Qué cerdo!

—¡La clase de gente que anda suelta hoy en día!

—¿Qué significa si no puedo enviarle un mensaje a alguien y solo me aparece un error?

—Te bloqueó.

—¿En serio? Mira —el hombre le mostró su teléfono a su amigo.

—Sí, te bloqueó. ¿Qué hiciste?

—Le envié el último catálogo.

—¿Está buena?

—No me fijé mucho, pero tiene dos gatos y gasta bastante en ellos. Pensé que mejor comprara en mi tienda que en la competencia.

—Hmm, qué raro. Tal vez fue un accidente.

—Puede ser —se encogió de hombros el dueño de la tienda de mascotas.

—Díselo la próxima vez que venga a tu tienda.

—Bah, ¿para qué? Igual sigue comprando aquí.