Aquella noche —o mejor dicho, aquella madrugada— tres hombres luchaban por apartar a Viktoria de sus pensamientos. La alemana bailaba, al mismo tiempo, una danza vulgar en la mente de Adrian, Rob y Günter. Mientras que los dos primeros se excitaban con las imágenes intrusas, el tercero estaba furioso. Y todo esto mientras la hermosa, aunque normalmente reservada, directora del colegio no tenía ni idea. Su borrachera pronto fue sustituida por un cansancio aplastante, seguido de una resaca brutal. No podía pensar en nada más.
Pero Günter, sí. No entendía qué había pasado, qué había cambiado en cuestión de segundos. Su esposa culta, comedida, siempre educada y elegante, se había transformado de un momento a otro, aparentemente sin motivo ni aviso previo, en una cualquiera sin vergüenza. Una mujer a la que ni siquiera le frenó la idea de contonearse de forma absurda con otro padre de familia, a pesar de que sus propios hijos la miraban fijamente, con las mejillas encendidas de vergüenza y la mandíbula desencajada de la incredulidad.
No tenía ni idea de cómo hablar de aquello con ella. ¿Por dónde empezar? ¿Debería soltarle toda su decepción? ¿Señalar a sus dos adolescentes confundidos? ¿O quizás preguntar? ¿Atacarla o tenderle la mano? ¿Qué sería mejor? Günter no tenía ninguna experiencia con un comportamiento tan extremo. Ni en su matrimonio, ni en sus relaciones anteriores. Nunca había sido testigo de una pérdida de control semejante. Si no se tratara de Viktoria, lo habría despachado con un simple: Bueno, otra que se ha vuelto loca.
Pero se trataba de Viktoria. El amor de su vida. Su compañera, su esposa, la madre de sus hijos. La mujer que conocía… o al menos eso creía. Porque la mujer que, en Nochevieja, se lanzó al centro de la fiesta con su ropa escandalosa y su comportamiento desmedido, era una completa desconocida para él. Salvo por el olor de un licor ridículamente caro, no reconocía nada en ella. Y, sinceramente, hasta eso habría estado mejor tirado por el desagüe que en el estómago y la cabeza de aquella mujer extraña.
Y eso que el día había empezado tan bien. Como siempre, disfrutaron de un desayuno abundante, que Günter había preparado y servido con todo su cariño en la terraza. Después, él y Viktoria se tomaron un café largo juntos. Uwe también pidió uno, pero enseguida mojó unas galletas en la taza y se terminó el café en un momento. Heidi, por su parte, observaba con anhelo la cafetera, en la que ella solo podía poner cápsulas descafeinadas. Y claro, eso no era lo mismo. Solo lo tomaba cuando tenía tiempo de sobra para ir andando al colegio. En esos días, lo ponía en una taza gruesa de porcelana para llevar, para que todo el mundo la viera paseando al colegio, fumando, tomando café, aparentando estar relajadísima.
El resto del día transcurrió con tranquilidad en su casa alemana, como siempre. Marinaron carne y prepararon guarniciones, y más tarde se les unieron Dajana y Pauline. Ni siquiera el desagrado de Günter hacia el círculo de amistades, cada vez más amplio, de Viktoria consiguió estropear el ambiente. Pero entonces, pasó algo al elegir la ropa. Más tarde, el padre de familia tuvo que admitir ante sí mismo que no debería haberse metido en lo que su esposa quería ponerse. Al fin y al cabo, ella nunca le había hecho pasar una vergüenza. ¿El vestido era un poco corto? ¿Y qué? Viktoria era guapa, tenía un cuerpo bonito, no tenía nada que ocultar. Además, celebraban en un grupo pequeño y privado. Entre personas que, de hecho, se veían a menudo en bañador. Le parecía que Viktoria había reaccionado de forma totalmente desproporcionada a su comentario sobre el vestido.
«Y eso que el día había empezado tan bien. Como siempre, disfruté de un desayuno abundante que mi marido me preparó y me sirvió con todo su cariño en la terraza. Después, Günter y yo nos tomamos un café largo juntos. Mi hijo también pidió uno, pero enseguida mojó unas galletas en la taza y se lo terminó en un momento. Mi hija miraba la cafetera con anhelo, aunque ella solo podía usar cápsulas descafeinadas. Y claro, eso no era lo mismo. Solo lo tomaba cuando tenía tiempo de sobra para ir andando al colegio. En esos días, lo ponía en una taza gruesa de porcelana para llevar, para que todo el mundo la viera paseando al colegio, fumando, tomando café, aparentando estar relajadísima. Las chicas y yo preparamos un montón de guarniciones mientras cotilleábamos sobre los demás vecinos. Más tarde, por la tarde, me duché y saqué mi vestido corto de lunares favorito, ese que no me había puesto desde hacía mucho por lo corto que era. Pero al agacharme para alisarlo sobre la cama, una pequeña nota, impregnada de un dulce perfume a miel, se deslizó entre mis dedos.
‘No puedes ocultarme nada, ¡hipócrita y zorra!'»