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Calle la Rosa, 22 – Parte 108

Dajana estaba de pie frente a las puertas del balcón, con las manos entrelazadas a la espalda, contemplando la vista que se extendía bajo ella. En la cocina, Timothy hacía tintinear los vasos mientras preparaba las bebidas. No quedaba ni rastro de la tensión que había llenado el apartamento hacía un rato. La luz del sol bailaba sobre la lámpara de cristal y la mesa de vidrio. De vez en cuando, una brisa templada del océano atravesaba el salón.

—¿Limón o naranja en tu copa? —preguntó Timothy desde la cocina.

—Las dos.

Una risa suave llegó desde la cocina. Los labios de Dajana se curvaron en una leve sonrisa. Solo el latido en su cuello delataba su estado de ánimo, pero con un ligero movimiento de cabeza incluso eso desapareció, oculto bajo su cabello.

—Bueno, cuéntame —dijo Timothy con impaciencia cuando regresó con los cócteles.

Con un gesto ligeramente teatral, Dajana tomó el vaso en el que flotaban rodajas de limón y de naranja. Lo levantó apenas a modo de brindis, asintió y dio un pequeño sorbo.

—Conseguí que entrara en razón. Pidió el doble del valor actual de la casa. Teniendo en cuenta la fortuna de Ted, no es tanto. Sobre todo después de que le quitara todo a su padre.

Timothy negó lentamente con la cabeza.

—Buen trabajo. Tú también recibirás lo mismo, tal como acordamos. Después de esto, cada uno por su lado. Si alguna vez te cruzas con Noud o con Bernard, con saludar basta.

La vena del cuello de Dajana latía con fuerza. Asintió con cautela.

—Exacto.

—Si algún día se te pasa por la cabeza empezar a hablar con ellos —continuó Timothy—, acabarás en la cárcel. Tu marido contigo. Y tu hijo terminará en una familia de acogida.

—No hace falta que me lo recuerdes.

—Mañana tendrás el dinero. Estará donde Ted solía dejártelo.

Dajana se volvió lentamente hacia él. Inclinó ligeramente la cabeza y le dedicó una sonrisa ladeada al hombre de rostro redondo, observando su frente brillante de sudor.

—Así que eres tú quien mueve los hilos…

Timothy intentó mantener la compostura, pero el inesperado elogio lo complació visiblemente. Una sonrisa de suficiencia apareció en la comisura de su boca.

—Bueno, prefiero pensar que soy más bien el coordinador.

—¿Y ellos? —Dajana alzó una ceja con aire juguetón—. ¿Saben que están tocando según tu partitura?

Una risa suave escapó de la boca de Timothy. Con gesto distraído, pasó la uña del pulgar por su frente húmeda.

La mirada de Dajana volvió a perderse en la distancia.

—Quién iba a decir que las autoridades también complican las cosas así… haciendo tratos a espaldas unos de otros.

—Las autoridades… —se rió Timothy por lo bajo—. Sí. Las autoridades funcionan así.