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Calle la Rosa, 22 – Parte 109

Viktoria caminaba de un lado a otro por el aparcamiento, con la irritación a flor de piel. Por primera vez en su vida no tenía ni idea de qué esperar. Había perdido el control. Y, peor aún, no entendía cómo Dajana había entrado en escena… ni cómo había conseguido relegarla a un segundo plano. Una contable eslovaca convertida en limpiadora.

Ni siquiera se daba cuenta de que, absorta en sus pensamientos, gesticulaba, hacía muecas… e incluso, a ratos, soltaba pequeños gruñidos de frustración.

—Te dije que podías confiar en mí —dijo Dajana a su espalda.

Viktoria soltó un grito.

—¡Dios mío! ¿Por qué no haces algo de ruido? Casi me da un infarto —espetó.

Dajana alzó una ceja y sacó un sobre grueso del bolso.

—Has tenido suerte —dijo, poniéndoselo en la mano—. Ya te lo dije: si me haces caso, no preguntan. Pagan. Has conseguido la mitad de lo que pedías. No está nada mal.

—Y tú tampoco sales mal parada —añadió Viktoria con frialdad.

Dajana lo dejó pasar.

—Nadie va a ir a la cárcel. Eso es lo importante. Y tus hijos tendrán un colchón.

Viktoria se quedó mirando al vacío, asintiendo distraídamente.

—¿Sabes? —continuó Dajana—. Lo que has hecho… tiene mérito. —Chasqueó la lengua con aprobación—. Eres una mujer muy valiente. Y ya ves: ha salido bien. Hasta las autoridades han sido generosas contigo.

Hizo una pausa y añadió, casi como si se le acabara de ocurrir:

—Aunque no creo que sea muy habitual… eso de negociar y pagar en lugar de mandar a alguien a prisión.

Algo brilló en los ojos de Viktoria. Dajana lo notó, pero lo achacó al cansancio.

Se encogió de hombros y se marchó sin más.

*

Bernard y Noud estaban tirados en el sofá. La luz dura del sol se reflejaba en los adornos de cristal del salón. En la cocina, Timothy tarareaba.

—Bueno —dijo Bernard—, no me esperaba que esta fuera la solución. Te lo juro, no lo vi venir.

Una media sonrisa torcida asomó en la boca de Noud.

—Ya te lo dije. Siempre es lo mismo. Todo el mundo quiere sentirse importante. —Cerró los ojos—. Importante. Especial. Como alguien por quien un desconocido sería capaz de arriesgarse sin sentido.

—Las autoridades —soltó Timothy desde la cocina.

Se echaron a reír.

—Las “autoridades”… esa sí que es buena —dijo Bernard, negando con la cabeza—. No entiendo a Dajana. ¿Cuántos años ha pasado rodeada de criminales y aún así no sabe cómo funcionan?

Timothy se acercó a ellos con una bandeja en las manos.

—Venga —dijo, suavizando el tono—. Hace unas semanas pensaba que lo perdía todo… y que incluso podía acabar en la cárcel. No estaba pensando con claridad. En cuanto llamó a la policía por lo de Viktoria, entró en modo supervivencia.

Noud se frotó la frente con ambas manos.

—Joder, estaba acojonado entonces. De verdad… Pensé que se había acabado todo. Que iba a acabar entre rejas para siempre.

Bernard se incorporó, cogió un vaso y bebió sin esperar.

—Oye, ¿sabes realmente quién es el cliente? —preguntó.

Timothy se encogió de hombros.

—Una vieja. ¿Qué sé yo quién es exactamente? Pagó el trabajo y punto. Supongo que uno de los deudores más duros de Ted. Da igual. Se acabó. —Apuró el vaso—. ¿Y vosotros? ¿A dónde os vais?

Bernard bajó la mirada. Noud carraspeó, incómodo, y se removió en el asiento. Timothy entrecerró los ojos.

—Esto es una broma, ¿no?

Ninguno respondió. Un silencio denso se instaló entre los tres. Timothy se levantó de golpe.

—Esto no va a funcionar, chicos, porque yo tampoco pienso irme de aquí —dijo.

Bernard se encogió de hombros.

—Pues nos quedamos todos.

—¿En el lugar del crimen? —soltó Timothy entre risa y nerviosismo.

—Anda ya —dijo Noud con una sonrisa torcida—. Como si no lo supieras… el mejor sitio para esconderse es a plena vista.

*

La anciana se recolocó las enormes gafas de sol negras, de montura gruesa, pero no se las quitó ni siquiera cuando Viktoria se sentó a su lado en la tumbona.

—Si ni siquiera te gustan las playas —comentó.

—A ti tampoco.

—Pues entonces menos aún entiendo por qué hemos tenido que venir aquí.

—Porque hasta que no cambien hasta el último clavo de esa casa, no puedo estar segura de que no haya algún micrófono.

La anciana resopló y se subió las gafas a la cabeza.

—¿Por qué demonios quieres quedarte en ese complejo de mierda?

Viktoria se encogió de hombros.

—No lo sé. Es que… no puedo irme.

—¿Y los demás?

—No tengo ni idea —respondió Viktoria con una risa tensa—. Y tampoco me importa.

La anciana ladeó la cabeza.

—¿Ni siquiera Dajana? Te traicionó.

—Sí —respondió Viktoria, impasible—. Eso es lo único seguro. Pero… tú has recibido lo que te correspondía.

La anciana tomó la mano de Viktoria; sus dedos se entrelazaron.

—Más incluso de lo que aquel cabrón me quitó en su día —dijo en voz baja—. Y eso se lo debemos a Dajana.

Viktoria alzó la cabeza de golpe.

—¿Cómo?

—Lavaba el dinero de Ted. Por eso dejé en manos de los chicos cuánto darle.

—¿Dajana… la limpiadora… blanqueando dinero? Dios… —susurró Viktoria, incrédula.

Durante un instante se quedó completamente inmóvil, como si no pudiera procesarlo. Luego apretó la mano de la mujer.

—Vamos, mamá. Vámonos antes de que nos dé una insolación.