Las amenazas escritas para Viktoria revoloteaban alrededor de los vecinos como si fueran confeti.
—¿Quién podría escribirte algo tan vil, Viktoria? —preguntó Pauline, horrorizada.
—Pensé en María José, en Ted y en ti —respondió la madre alemana con tono impasible.
—¿En mí? —saltó la francesa, con las mejillas encendidas.
—Sí. Ya te dije que tenía tres sospechosos.
—¿Pero por qué iba yo a amenazarte?
—Porque a veces hablo con tu marido.
—¿Y por qué me iba a molestar eso?
—No lo sé. Todo te molesta —añadió Viktoria con una última pulla.
—¡Eso no es verdad! —bufó Pauline.
—Ahora también estás enfadada.
—¡Porque me estás provocando!
—Ya basta —les cortó Ted con tono seco—. Bastante lío tenemos ya, no necesitamos además esta pelea de patio.
Mientras tanto, el hombre de las gafas de culo de botella limpiaba nerviosamente la caja donde guardaba sus notas.
—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Adrian, acercándose al recipiente—. Vamos a abrirlo juntos, por si acaso también salta algo de ahí.
—Eso es mío —le soltó Ted, casi gruñendo.
—Vale, tranquilo, colega. Solo intentaba ayudarte.
—Ayúdate a ti mismo —le espetó Ted entre dientes, furioso.
Agarró la caja y se marchó a toda prisa hacia su casa.
Mientras tanto, Carlos intentaba averiguar quién podría haberse colado en su garaje sin que nadie se diera cuenta. Pensamientos inquietantes se le metían en la cabeza: ¿y si no había notado el robo porque simplemente no estaba en casa en ese momento? ¿Y si alguien —o varios— entraban y salían de su casa cuando les daba la gana? Por fin tuvo que admitirlo: no era la primera vez que esa pregunta le rondaba. Pero claro, siempre la había apartado de su mente. Al fin y al cabo, él era el investigador privado, el exagente secreto, el que tenía décadas de experiencia en entradas silenciosas. ¿Entonces quién podía ser, alguien de esta comunidad, al que aún no había detectado o no había tomado lo bastante en serio? Ted no podía ser. Ese tipo tenía el sistema nervioso tan destrozado que sería incapaz de realizar una entrada en condiciones. Además, Carlos no tenía ninguna duda de que Ted estaba huyendo de algo. Ese hombre no había venido a la isla por el buen tiempo. El de las gafas de culo de botella, seguro, se había refugiado en la Calle la Rosa para escapar de la justicia.
Al menos, todo el caos de aquella mañana sirvió para algo: Carlos por fin se dio cuenta de que había llegado el momento de sacar la cabeza de la arena y pasar a la acción. Volvió a repasar con la mirada a los vecinos. Pero esta vez, todos le parecían sospechosos. Viktoria —las madres inofensivas no suelen recibir cartas amenazantes. Günter —demasiado tranquilo, demasiado simple. Ludmilla e Israel —una pareja extraña, a no ser que sea todo fachada. María José —algo raro había en su mirada. La pareja franco-estadounidense —se les notaba a kilómetros que ocultaban algo. Dajana y Adrian —solo con mirarlos se veía que eran capaces de cualquier cosa. Y la pareja holandesa… Sí, ellos seguro que estaban metidos hasta el cuello. Al menos como detonante. Como su traje de buceo también estaba en el sillón hinchable, probablemente no eran los culpables directos, pero sin duda tenían algo que ver. Carlos sospechaba que eran delincuentes torpes, de poca monta, aunque todavía no había logrado descubrir en qué estaban metidos. Los imaginaba como pequeños contrabandistas o timadores de medio pelo.
Le dio un sorbo a su café, ya frío, hizo una mueca de asco y volvió a dejar la taza sobre la mesa. Bueno, en realidad, con todo lo que había pasado, ya tenía el estómago hecho un nudo. Había llegado el momento de actuar: pondría fin a toda aquella locura en cuestión de días. Ted, y también los holandeses, tendrían que rendir cuentas.