Lo primero que hizo Bernard fue comprobar las cámaras. No había querido hacerlo delante de Timothy porque, sinceramente, le daba vergüenza que un par de jubilados le estuvieran tomando el pelo. Aunque su objetivo principal no fuera Carlos, sino Ted.
Tal y como ya se habían mentalizado, todas las cámaras instaladas en la casa de Carlos se habían quedado en negro.
—¿Y bien? —preguntó Noud con cautela, aunque la cara de su compañero lo decía todo.
—Está claro que las ha desactivado todas.
Bernard cerró el portátil y lo apartó de un empujón.
—Me importa una mierda todo esto.
—¿Quieres un smoothie? —preguntó Noud, abriendo ya la puerta del congelador.
—No —gruñó Bernard.
—Le pondré un poco de champán.
—Entonces sí.
Noud tensó los músculos de la cara para no sonreír.
—¿Y Ted?
—Ahora mismo no soy capaz ni de mirar.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que Carlos haga algo con las cámaras que hay en casa de Ted?
Bernard se encogió de hombros. Su cuerpo entero irradiaba derrota mientras se dejaba hundir en la butaca blanda tapizada de terciopelo.
—No es eso. Es que ahora no me apetece nada. Además, cometimos un error muy serio si Carlos pudo rebuscar tranquilamente en la caja que había debajo de la cama de Ted. Y eso sin hablar de lo fácil que le resultó entrar y salir de la casa.
—Es imposible cubrir toda la casa con cámaras sin dejar ángulos muertos.
—Eso está claro. —Bernard asintió con desgana—. Lo que me fastidia es que Carlos estuvo por esa maldita casa sin saber dónde estaban las cámaras y, aun así, no aparece en ninguna grabación. Y encima destrozó la puerta.
Noud le acercó el smoothie bien frío, aligerado con champán.
—Creo que sabe que nuestro objetivo es Ted.
—Yo creo que solo sospecha que alguien va detrás de Ted. No tiene ni idea de que somos nosotros.
—¿Por qué estás tan seguro? —preguntó Noud.
—Porque nos toma por unos ladronzuelos de poca monta —dijo Bernard, con un tono más ofendido que molesto.
—Y eso te pica, ¿verdad? —Noud sonrió.
—También te pica a ti.
—Para nada. Carlos no me afecta. Bueno, me molesta que siempre ande metiéndose en todo, pero si quisiéramos, podríamos quitárnoslo de en medio fácilmente.
—¿Pero qué coño dices? —soltó Bernard, indignado.
Noud se dio cuenta al instante de lo mal que había sonado aquello.
—No lo he dicho en serio y lo sabes.
—¿Ves? Ni siquiera la última operación fue suficiente —gruñó Bernard con amargura.
—Precisamente por eso estamos ahora metidos en este lío —replicó Noud, con tono de sabelotodo—. Eso fue lo que cabreó tanto al viejo que ahora quiere hacerse el superhéroe y cargarse a todos los enemigos.
—Eso es lo que me da miedo a mí también.
—¿Y si le organizamos un viajecito?
Bernard entrecerró los ojos, mirándole con desconfianza.
—¿De verdad crees que esa es la solución?
Noud no respondió, simplemente asintió.
Bernard cogió el vaso y se lo terminó despacio. Lo dejó con cuidado sobre la superficie de cristal de la mesa. Se secó la boca con el dorso de la mano y miró fijamente a Noud.
—Estoy totalmente dentro.