En este momento estás viendo Calle la Rosa, 22 – Parte 66

Calle la Rosa, 22 – Parte 66

—¿No tiene María José algún tipo de despensa o trastero? —se rascó la cabeza Esteban.

—Cada casa tiene una pequeña habitación abajo, junto a la entrada. ¿Por qué lo preguntas? —se sorprendió Ludmilla.

—He pensado que quizá el secuestrador escondió allí algo. Algo que no quería dejar a la vista.

—¿En qué estás pensando exactamente?

—En ese bolso que llevaba la noche que salió a cenar con Carlos.

—¿De verdad crees que un secuestrador se entretendría en algo así? ¿Por qué lo haría?

—Es menos arriesgado esconder algo en la casa de la víctima que tirarlo a la basura. Cualquiera puede rebuscar en un contenedor.

—Tiene sentido —asintió Ludmilla con admiración.

Esteban le hizo un gesto a la mujer alemana para que le guiara hasta el trastero, mientras por dentro rezaba para que realmente encontraran algo allí. Por un lado, quería acercarse de una vez a resolver el caso; por otro, no podía evitar querer impresionar a Ludmilla.

—Mira eso… —se asombró Ludmilla cuando la puerta no se movió—. ¿Por qué está cerrada con llave?

Agitó el pomo. Nada.

—Déjame probar a mí.

Ludmilla lo observaba boquiabierta.

Pero justo cuando Esteban iba a entrar en el trastero, la anciana se interpuso de repente y lo detuvo con el brazo.

—Espera, Esteban… —jadeó, excitada—. ¿Y si realmente hay algo escondido ahí dentro? Algo que es mejor no tocar…

El hombre se quedó quieto. La miró profundamente a los ojos, como si intentara leer en ellos exactamente lo que estaba pensando. ¿Acaso había algo que ella misma no quería que Esteban encontrara? ¿Algún secreto compartido que las dos amigas escondían?

Durante unos segundos, el corazón y la razón libraron una dura batalla. Al final, la razón venció al corazón sediento de amor.

—Por favor, apártate. Tengo que entrar —dijo Esteban con una voz cálida y aterciopelada—. Aunque dentro haya algo comprometido. Lo más importante es encontrar a nuestros amigos. Vivos, a ser posible.

El “vivos, a ser posible” sacudió a Ludmilla como una descarga eléctrica. Su mano cayó flácida sobre el muslo, su cabeza se inclinó hacia delante, y con pasos ligeros, se apartó.

Esteban empujó la puerta entreabierta.

Tardó varios minutos en asimilar lo que realmente estaba viendo. El trastero estaba abarrotado de todo tipo de cosas: toallas, chanclas, pelotas de goma, cojines decorativos, prendas de ropa, una caja con joyas, otra con posavasos, tarros de especias, menús, vasos, cepillos para el pelo… y una chaqueta fina. Pero no una cualquiera: su propio cortavientos ultraligero que había perdido meses atrás —y que le había estado fastidiando desde entonces. ¡Cuántas veces se había insultado a sí mismo por haberlo perdido!

Así que por eso estaba cerrada la puerta del trastero. Y por eso Ludmilla había intentado mantenerle alejado de allí. La anciana quería proteger el secreto de María José. El hecho de que era cleptómana, y de que había ido robando los objetos más absurdos a las personas de su alrededor y en cada lugar por donde había pasado a lo largo de los años.

Ludmilla temblaba. Si era posible, a Esteban le resultaba aún más atractiva aquella mujer que por fuera parecía fría, pero que por dentro tenía un corazón tierno. Le conmovió ese cuidado tan delicado que demostraba por María José. Instintivamente, Esteban le tomó la mano. Atrapó su palma arrugada, pero sorprendentemente suave, entre las suyas, y la acercó con cuidado a su pecho.

—No te preocupes ni por un segundo… —le susurró con ternura—. El secreto de tu amiga está a salvo conmigo.

Ludmilla le miró, confundida, como si no terminara de comprender lo que quería decirle. Luego, una especie de alivio cruzó su rostro.

—El secreto de María José… —murmuró—. Sí. Suyo. Solo suyo…