El primer regalo de verdad de un chico.
Y no de cualquier chico: de uno guay, guapo. Una goma del pelo de colores arcoíris. Pero no una cualquiera, no. Era gruesa, de calidad, de las buenas. Se notaba con solo mirarla: bien hecha, resistente. Y al tocarla, era completamente diferente a esas baratijas malas. Como una falda de tablas, llena de pequeños pliegues que hacían que pareciera cambiar de color todo el tiempo. Brillaba en su melena rubia, se veía desde lejos. Era preciosa… y no tenía precio. Porque era de él. Su primer amor.
Y el primer amor… eso es otra cosa. Es cuando una chica siente por primera vez esas mariposas revoloteando en la tripa. Cuando, por primera vez, desea de verdad un roce, una mano que la agarre, un abrazo. Incluso, quién sabe… un beso en los labios. Cuando de repente la primavera huele distinto, más intenso. Y por primera vez quiere gustar. No de forma mona. De verdad. Porque ya no basta con ser adorable. Ahí es cuando empieza a despertar la mujer que lleva dentro.
Todas las chicas de la clase se fijaron en la goma. Por supuesto que sí. Una así no se consigue en ninguna tienda del pueblo.
¡Ojalá pudiera decir quién se la había regalado!
Pero no podía. Porque oficialmente… ni siquiera estaban saliendo.
Si lo contaba, todas se lanzarían a preguntarle al chico si era verdad el rumor. Y él, seguro, se asustaría y saldría corriendo.
Aun así, qué bien estaría soltarlo como quien no quiere la cosa:
— Me la regaló él. ¿Quién más podría haber sido?
Pero no salían juntos. Ni siquiera le había cogido de la mano. Y todo el mundo sabe que una pareja no es oficial hasta que se dan la mano. Así que no podía decir en serio que estaban juntos. Aunque bueno…Le había regalado algo por su cumpleaños. Y la había acompañado a casa. Dos veces. ¿Eso no cuenta como cogerse de la mano? ¿No es prácticamente lo mismo? Buf. Qué difícil es tener doce años.
La ceremonia de fin de curso—normalmente lo más pesado del año escolar—esta vez era distinta. Especial. Los de octavo, que se graduaban, estaban frente al resto de las clases formadas. Y él, entre ellos. Y lo mejor: ¡estaba el primero de la fila! Eso significaba que podía mirarlo durante todo el acto. Esa cara tan bonita. Esa sonrisa de bebé que no tenía nadie más. Siempre sonriendo. Siempre con buen humor.
Pero hoy no podía ponerse su blusa elegante de siempre. Ese cuello enorme era un espanto. Parecía un disfraz de payasa. Una payasa en versión niña. Y hoy tenía que estar guapa. De verdad. ¿Entonces qué? ¿Melena suelta hasta la cintura? Eso molaba. Pero la goma—su goma—significaba algo. Era una señal. Tenía que asegurarse de que él supiera cuánto significaba para ella. Cuánto él significaba para ella.
Así que ahí estaba, bajo el sol abrasador, los ojos entrecerrados y llorosos, con una blusa prestada por la vecina del piso de arriba. Melena suelta. La goma en la muñeca. Como si estuviera allí por si necesitaba recogerse el pelo con el calor. ¿Y si alguien le preguntaba? Encogería los hombros y diría:
—Justo iba a hacerme una coleta.
«Un momento… Su madre. Su hermana pequeña. Su hermana mayor. Y sus dos sobrinitas pequeñas. Todas están en primera fila en el lado de los padres. ¿Y… qué? ¡Su madre lleva exactamente la misma goma del pelo! Y las pequeñas también. Y sus hermanas. Entonces… ¿esto es como… algo familiar? ¿Eso significa que… estamos saliendo?»