Carlos caminaba al lado de Esteban en un estado casi de shock, en silencio, con la cabeza gacha. No le importaba que algún transeúnte le rozara el codo de vez en cuando. Ni siquiera veía la hilera de altas palmeras de frondosa copa por las que pasaban. Los ruidos que salían de los bares y restaurantes, la espesa mezcla de olores en el aire… todo le pasaba desapercibido. El aroma a carne recién asada, aceite reutilizado y tabaco aromático se cernía sobre el barrio como una niebla densa. En su mente, Ted no dejaba de aparecer, una y otra vez, cada vez con un peinado, una barba o un bigote distinto.
En cuanto sus pies tocaron el agua fresca y pedregosa, soltó un largo suspiro. Había nacido en aquella isla. El océano lo era todo para él. Su refugio: su color, su olor, su textura, su sonido, su caricia aterciopelada. No le molestaba que las olas le empaparan los pantalones hasta las rodillas.
—Esteban —dijo con voz cansada, cuando se sintió lo bastante sereno como para volver a alterarse.
—Te escucho, amigo —respondió Esteban, posando con suavidad una mano en su hombro.
—Necesito saber si lo que dijiste sobre Ted es cierto. Y si lo es… ¿por qué no me lo habías contado hasta ahora?
—Simplemente, no estaba seguro —se disculpó Esteban—. Pensé que era solo un parecido. Me topé con aquella vieja portada hace apenas unos días —explicó—. Pero en esa foto… es Ted, sin lugar a dudas. Solo que… —se le quebró un poco la voz— en nuestra última reunión no tuvimos ocasión de hablar de ello…
—Lo siento, tío. Esos dos gilipollas casi nos matan. Y todo por su puta irresponsabilidad.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que fueron ellos?
—Vi al capullo de Noud —murmuró—. Ese imbécil inútil ni siquiera tuvo la decencia de esperar medio día para subirse a un jodido avión… después de que nosotros ya hubiéramos salido del país.
—No entiendo cómo consiguen escabullirse una y otra vez. No hemos logrado sacar nada en claro sobre ellos, salvo que lo graban todo y a todos. Incluso a la pareja eslovaca. No sé… tengo la sensación de que Ted es el nexo.
—¿Pero qué coño tiene que ver Ted con nosotros? —estalló Carlos.
—No sé… ¿igual porque no dejas de estar encima de él?
—Solo quiero saber quién es ese tío realmente. Y por qué se ha mudado justo al mismo edificio que yo.
—Te lo diré: está huyendo. De alguien o de algo. Y ha sido pura casualidad que haya acabado viviendo donde tú.
—¿Crees que Noud y Berard trabajan para ese alguien?
—No lo creo. Si fuera así, Ted ya estaría muerto. O en rehabilitación, con medio cuerpo escayolado.
—Eso solo complica más entender cuál es su papel. Dónde encajan en toda esta red de mierda.
—Son una especie de agentes.
—Venga ya —bufó Carlos.
—Les estás subestimando. Después de lo que hicieron… Hace apenas unos días, te despertaste en Bangkok.
El anciano canario bajó la cabeza y murmuró en tono pensativo. Observó cómo el agua se abría a la altura de sus espinillas, haciendo ondear el vello de sus piernas. Cómo espumeaba un segundo por la fricción antes de volver a calmarse.
—¿Qué crees que deberíamos hacer?
—¿Sinceramente?
—Siempre.
—Deberíamos centrarnos más en el trabajo de investigación de verdad… y un poco menos en analizar el comportamiento de tus vecinos.