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Vístete para la ocasión

—¿Vas a ir tan arreglada? —preguntó Kira a su madre.

El día anterior, cuando le prometió que la ayudaría a elegir el conjunto perfecto y los accesorios, se había imaginado algo mucho más sencillo. Quizá la falda roja de lino de su madre, una blusa blanca y un collar divertido de cuentas. Con todos los collares y pulseras que su madre había acumulado a lo largo de sus setenta años, bien podría montar su propia tienda. Bueno, al menos habría mucho donde elegir. Pero el traje de chaqueta la pilló por sorpresa.

—¿Por qué quieres ponerte un traje? —preguntó Kira, desconcertada—. ¿No sería más práctico algo cómodo?

—No —dijo la mujer mayor, sacudiendo su pelo gris oscuro recién lavado—. No quiero que me miren por no ir adecuada.

—Pero qué cosas dices… —le reprochó Kira con dulzura, como si hablara con sus hijas gemelas de siete años, no con su madre—. ¡Nadie te va a mirar!

—¿En un sitio así? —replicó la madre—. Ya verás, nos van a examinar de arriba abajo.

Inclinó la cabeza y recorrió con la mirada la ropa de su hija.

—Me gustaría mucho que te esforzaras un poco más.

—¿Qué problema tienes con mi ropa?

—Para empezar, llevas vaqueros.

—Y una blusa de satén —añadió Kira, visiblemente molesta.

—Los vaqueros no son apropiados para un sitio así.

—Mamá, no le des tantas vueltas.

—Me da igual. No suelo permitirme este tipo de cosas —dijo, clavando sus ojos en los de su hija, con una mirada de tranquila determinación—. Déjame ir vestida como me apetezca.

Las mejillas de Kira se tiñeron de vergüenza.

¿De verdad estaba discutiendo con su madre por esto? ¿Importaba tanto si llevaba un traje? Por supuesto que no. Entonces, ¿por qué se empeñaba en llevarle la contraria?

—Tienes razón —dijo con la voz rasposa—. Pero yo me quedo con mis vaqueros. Créeme, no seré la única.

Siempre se le había dado fatal manejar el cepillo redondo; nunca había tenido paciencia para eso. Estaba agradecida de que esta vez Kira le estuviera secando el pelo. Su hija manejaba el cepillo como una auténtica profesional.

Es cierto que al principio ella había querido un peinado sencillo, tipo Cleopatra, pero Kira la convenció para recogerle una pequeña coleta en la parte superior de la cabeza con una bonita pinza decorativa. Bueno, así quedaba más especial. Menos de señora mayor.

Kira le había hecho un maquillaje demasiado discreto. Según ella, a su madre ya no le quedaba bien algo más marcado. No pasaba nada —mientras su hija se acercaba a casa de los vecinos a devolver unas cartas que el cartero había dejado por error en su buzón, ella se repasaría un poco más el delineado de los ojos.

Por desgracia, la blusa que había dejado preparada se había encogido en la lavadora. O quizá había vuelto a engordar un par de kilos. Últimamente estaba comiendo demasiadas cerezas. Pero, ¿qué podía hacer? Ahora estaban en temporada, tan dulces, tan crujientes, tan irresistibles. Bueno, ella desde luego no podía resistirse. Probablemente pasaría calor con el top de ganchillo debajo de la chaqueta del traje, pero qué más daba. Solo tendría que aguantar unas pocas horas. Seguramente habría aire acondicionado. En sitios así siempre hay.

Y en cuanto a la cara que puso Kira cuando vio la gruesa cadena de oro y la pulsera a juego… ¿a quién le importaba? No iba a presentarse allí pareciendo alguien que apenas podía permitirse estar en ese lugar. Sí, era la primera vez que ponía un pie allí, pero, ¿y qué? Llevaba años apartando dinero para que, si algún día lo necesitaba, no tuviera que pensárselo dos veces.

Cuando, después de la mamografía, le dijeron que habían encontrado algo, lo tuvo clarísimo: había llegado el momento. Ahora, cada minuto contaba. Iba a tratarse en una clínica privada —para eso había estado preparándose todos estos años. Y, desde luego, cuando una está preocupada por su puñetera vida, al menos que le dejen hacerlo con la ropa y el maquillaje que le dé la gana.