—¿Con quién hablabas tanto rato?
La pregunta se escapó de la boca de Noud de manera incontrolada, y sorprendió a los dos.
En lugar de responder, Bernard se limitó a alzar una ceja.
El rostro de Noud se entumeció de vergüenza, la garganta se le cerró y los brazos le pesaban como plomo. No tenían por costumbre meterse en los asuntos del otro. Y menos aún de esta manera. Si alguno dejaba al margen al otro en algo, se respetaba; normalmente había un buen motivo. Su pasado compartido, su vida juntos y su trabajo exigían una confianza y una paciencia absolutas.
—¿Y cómo se supone que debo interpretar eso?
—Yo… —acertó a susurrar Noud, pero no fue capaz de continuar.
La culpa y la desesperanza cayeron sobre él con tal fuerza que ni siquiera tuvo fuerzas para salir de la cocina. Se quedó allí, inmóvil, en una postura antinatural, como si fuera a marcharse, pero las piernas se negaban a obedecer.
Bernard no se molestó en disimular su indignación. Lo recorrió con una mirada de desprecio.
—Nunca pensé que llegaríamos a esto.
—Últimamente… —murmuró Noud. El pecho se le oprimió, como si tuviera los pulmones llenos de aire que no podía soltar, y que además le impedía inspirar de nuevo.
—¿Últimamente qué? —saltó Bernard.
Pero la respuesta no llegó. ¡Ojalá Noud hubiera podido poner en palabras el infierno de los últimos días! Ese sentimiento torturador que no lo rozaba desde hacía años y que ahora se había colado insidiosamente en cada célula, en cada pensamiento: los celos terribles y la espantosa certeza. Ver a Bernard, escabulléndose una y otra vez de la casa con el móvil en la mano. Los mensajes que aparecían en un aparato que él se aseguraba siempre de dejar boca abajo, ocultando deliberadamente la pantalla. Incluso de noche. Sobre todo de noche.
Cada fibra del cuerpo de Noud le gritaba peligro. Estaba seguro de que esta vez no se trataba de algún encargo que Bernard estuviera preparando y del que solo se enteraría más tarde. No se acercaba ningún cumpleaños ni otra celebración. Y aun así, en apenas unos días, Bernard había cambiado por completo. Desaparecía varias veces al día. No por mucho tiempo, normalmente media hora. Y eso inquietaba a Noud mucho más que si hubiera estado ausente horas enteras. Eso tendría una explicación: se había ido a nadar, había tomado algo con algún viejo conocido que veraneaba en la isla, o simplemente necesitaba despejarse. Pero dos o tres desapariciones de media hora al día resultaban del todo inexplicables. A eso se sumaban las llamadas sin fin, la avalancha de mensajes y el silencio ominoso.
—Al menos dime si es por trabajo —susurró Noud, débil.
Los ojos de Bernard centellearon de furia. Los labios se le afinaron hasta casi desaparecer, las aletas de la nariz se le abrieron y el pecho se le levantó con fuerza.
Noud no pudo seguir mirándolo. Bajó la cabeza con un suspiro doloroso. Con el aire que se le escapó de los pulmones se fue también esa extraña fuerza que lo mantenía clavado al suelo de la cocina, y por fin consiguió abandonar la estancia.
—Espera —dijo Bernard a su espalda, con voz seca.
Noud se detuvo, pero no se dio la vuelta. Apoyó la mano en el marco de la puerta.
—No es trabajo.
—¿Una amante?
—No.
—¿Me lo vas a contar?
—No puedo.
—¿Un hombre?
—No.
—¿Tengo que preocuparme?
—De momento no.