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Un estallido de colores

Lo que más me gusta es cuando esas ráfagas deslumbrantes de color se deslizan por la pantalla. Como pequeños cometas, cada bola deja tras de sí una estela brillante. Solo tengo que dar un toquecito donde quiero que vayan y allí aparecen. Me encanta. El turquesa es mi favorito: siempre me da la sensación de que se me ilumina la cara. No sonrío, pero los ojos se me entrecierran un poco y las arrugas encima del labio se alisan.

También se puede configurar para que en lugar de bolas aparezcan flores o abejitas. Queda bonito, sí, pero entonces no dejan rastro. Y a mí lo que de verdad me gusta es mirar cómo esa onda de luz se desplaza lentamente hasta el otro sitio. Hay que juntar cinco bolitas seguidas para conseguir puntos. Si fallas, el tablero se llena de bolas y se acaba la partida. Pero a mí eso ni me importa, porque no juego por los puntos: juego porque es precioso.

Estoy infinitamente agradecida a mi nieto por enseñármelo y ponérmelo en el móvil. Es un crío muy espabilado y yo… bueno, de estas cosas no entiendo. El otro día toqué algo sin querer, y desde entonces las bolas caen con un ruidito gracioso, como un chasquido. Cada movimiento suena, como si alguien estuviera golpeando un tubo del radiador. Al principio me llevé un susto tremendo, pensé que se había estropeado el aparato. Luego, al oír que sonaba en cada paso, me tranquilicé. Es más, me alegré: el juego es mucho más divertido con sonido.

En mis tiempos, ni siquiera todo el mundo tenía tele. Yo, por ejemplo, iba los miércoles a la biblioteca municipal a ver la tele. Se juntaba un montón de gente, niños y mayores mezclados, y nos quedábamos embobados mirando la pantalla. ¿Un teléfono? Eso era impensable. No éramos lo bastante importantes, y además no habríamos podido pagarlo. La primera vez que llamé por teléfono —a mi hermana, al colegio— fue desde un aparato público colgado en la pared del gran almacén junto a la estación de autobuses. Mis hijos ya habían nacido entonces. Y ni siquiera tenía nada especial que contar: solo quería probarlo de una vez.

Y ahora mírame, aquí estoy trasteando con este cacharrito que me cabe en el bolsillo. Mi nieto hace con el suyo mil cosas que ni alcanzo a comprender. Hasta lo usa en la tienda en lugar de cartera. Lo acerca a una maquinita y ¡zas!, pagado. Eso sí que no lo haría yo jamás. ¿Cómo voy a saber si me ha descontado solo lo que costaba la compra? ¿Y leer en él? ¿En una pantalla tan diminuta? El suyo, claro, es más grande, pero tampoco hace esos ruidos tan graciosos. ¡Ja! El de mi nieto vibra y pone musiquitas suaves; el mío, en cambio, claquea y repiquetea feliz.

Se lo enseñé también a mi amiga. Por desgracia, ella no tiene este juego. Le insisto a mi nieto para que se lo instale en su móvil, pero siempre se escaquea con la excusa de que no lleva el software adecuado o que en su modelo no funcionaría. Yo creo que lo que pasa es que busca excusas para no molestarse. ¡Con lo divertido que sería jugar juntas! Nos reiríamos a carcajadas con esos ruiditos al caer.

No sé qué tanto resopla y chasquea la lengua la mujer que tengo al lado. Si está tan alterada, quizá no debería haber venido a cardiología, sino subir a la tercera planta, a neurología. No le vendría mal que le miraran los nervios. Llevo ya media hora sentada aquí, y no ha parado de refunfuñar, suspirar y repetir:

—¡Esto no puede ser verdad!

En eso, la verdad, coincido con ella: tampoco me creo que alguien pueda tener tantas quejas. ¿Por qué no le pide a algún conocido que le ponga un juego tan bonito y alegre en el teléfono? O, por lo menos, que se quede calladita y disfrute del chasquido de mis bolitas mientras saltan de un lado a otro en el tablero.