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Calle la Rosa, 22 – Parte 84

Nunca habría pensado que volvería a entrar en aquella escalera. La última vez había jurado —solemnemente— que no lo haría jamás. Y, sin embargo, allí estaba, subiendo los peldaños con paso decidido solo para hablar con aquel hombre tan inquietante. El aire cálido y pesado le torció el rostro en una mueca, y la tensión no se aflojó ni siquiera cuando por fin llegó a la puerta.

Esta vez, Timothy no lo esperaba con los brazos abiertos. De hecho, no lo esperaba en absoluto. Noud se puso las manos en las caderas y rodó los ojos: típico. El hombre pelirrojo y rechoncho al que tanto detestaba ni siquiera era capaz de abrir la puerta. Pero en cuanto llamó, el pomo giró. No le importó si Timothy había visto su mueca por la mirilla. Si quería divertirse a su costa, perfecto: que disfrutara del gesto de desprecio puro dibujado en su cara.

—Tu mensaje fue tan misterioso, cariño… —ronroneó Timothy.

Noud se estremeció.

—Lo sé. Lo siento, pero tenía que venir en secreto.

Los ojos del hombre se iluminaron, y su rostro mofletudo se estiró en una sonrisa amplia.

—No me digas que se trata de una fiesta sorpresa de cumpleaños… ¿Los mágicos cuarenta?

La sangre se le heló a Noud. Genial. Se había olvidado por completo de aquel maldito cumpleaños. El gemido que le subió por la garganta lo disfrazó con una tos. Aunque las palabras de Timothy lo habían sobresaltado al principio, en realidad le habían tendido un salvavidas. Al fin y al cabo, había cruzado el umbral del amigo de Bernard sin ningún plan, sin saber siquiera con qué excusa podría sonsacarle información sobre su propia pareja… y menos a alguien tan presumido y pagado de sí mismo como Timothy. Pero el cuadragésimo cumpleaños de Bernard era la oportunidad perfecta. Tenía que averiguar qué escondía Bernard, adónde se escapaba por las noches. Aunque para ello tuviera que invitar a Timothy. Si era necesario, él mismo se encargaría de que el invitado estuviera perfectamente atendido durante toda la fiesta.

Mientras el anfitrión trasteaba en la barra, Noud se sentó en la terraza. Inhaló profundamente —el aire salado y ligeramente húmedo llenándole los pulmones— y cerró los ojos. Semanas de incertidumbre y ansiedad constante le habían destrozado los nervios, y los acontecimientos de la noche anterior habían sido la gota que colmó el vaso. Cuando Bernard apareció en casa de Carlos después de aquel grito escalofriante, casi como un estertor de muerte, lo único que estuvo dispuesto a decir fue: Ted se ha caído por las escaleras. No se le pudo sacar nada más. Noud no tuvo que pensar mucho a quién pedir ayuda, aunque la simple idea de recurrir a Timothy le revolvía el estómago.

—Anda, cuéntame, vida mía —sonrió Timothy, con dos copas de cóctel en la mano—. ¿Qué has planeado para ese semental tuyo?

El estómago de Noud se contrajo de asco cuando la palabra semental salió, grasienta, de los gruesos labios de Timothy. Ni siquiera quería imaginar por qué llamaba así a Bernard. Pasó la mano por su brazo, como si con ese gesto pudiera borrar la piel de gallina que se le había erizado. Tomó una de las copas, asintió con timidez y la alzó en silencio hacia Timothy. Solo después del primer sorbo —cuando la ginebra especiada le quemó la garganta con un calor suave y reconfortante— se decidió a hablar.

—¿Y si la fiesta sorpresa fuera en casa de Ted? Eso sí que no se lo esperaría.

El rostro de Timothy se alargó, incrédulo.

—E–espera… ¿Estamos hablando de ese Ted? —balbuceó.

Los ojos de Noud se agrandaron, fingiendo sorpresa.

—¿No lo sabías?

—Yo… —la voz de Timothy se quebró.

En su cara se sucedían, a toda velocidad, la confusión y la indignación.

—Como últimamente no se separan —continuó Noud con voz fría y distante, disfrutando mientras observaba cómo Timothy se retorcía—, pensé que podría involucrar a Ted también en la fiesta.