– ¡Mamá, mira este suéter tan chulo! ¿Me compras uno? – exclamó la niña con entusiasmo.
Tiró impacientemente de la muñeca de su madre cuando, tras varios intentos, esta seguía sin mirar la prenda deseada.
La mujer estaba en una llamada larga. Al final, la niña se cansó de esperar.
Mientras su madre hablaba con su secretaria, la niña tomó un suéter de la percha y lo llevó al probador. Después de guardar su teléfono en el bolso, la madre miró a su alrededor, inquieta. No veía a su hija por ninguna parte. No se preocupó; sabía que la niña era lo suficientemente mayor como para no alejarse demasiado. Empezó a buscarla. Primero fue a la sección infantil, esperando que quizá estuviera viendo los tops cortos que le gustaban últimamente. Al no encontrarla allí, se dirigió a la sección de accesorios. La adolescente de trece años podía pasarse horas entre la bisutería y los bolsos.
«Seguramente está probándose algo», pensó y se dirigió hacia los probadores.
No le molestaba que su hija tomara la iniciativa. Ella la había llevado de compras y le gustaba dejarla elegir por sí misma. Una o dos veces al año, generalmente a finales de la primavera y del otoño, le permitía a su hija renovar su guardarropa. A su madre no le gustaba el derroche ni la acumulación innecesaria, pero quería que su hija se sintiera siempre cómoda con su ropa. De niña, a ella le habían hecho muchas burlas por sus trajes desaliñados, y no quería que su hija pasara por lo mismo, especialmente siendo parte de una generación mucho más directa y sin restricciones.
– ¿Qué tal me queda? – saltó la niña de uno de los probadores.
La imagen hizo que a su madre le temblaran las rodillas. Se llevó la mano a la boca, y casi se le llenaron los ojos de lágrimas. La escena la dejó en shock, llevándola de inmediato y de golpe a aquella fría mañana en el patio del instituto, cuando ella tenía exactamente trece años.
Toda la clase ya estaba formada en el patio, pero ella seguía retrasándose en el vestuario. No quería salir. Estaba aterrada. Se quitó el chándal y lo tiró al suelo. Prefería salir sin él; no hacía tanto frío.
Pero.
Hacía mucho frío, incluso en el vestuario sin calefacción.
El profesor de educación física no le permitiría hacer ejercicio sin el chándal. Es más, seguramente le daría una nota insuficiente. A ella, especialmente, porque la odiaba por ser tan bocazas.
Recogió el chándal de tela sintética. Nunca había visto algo tan horrible. La prenda morada con manchas blancas parecía que alguien la había salpicado con lejía. Conteniendo las lágrimas, se volvió a poner la espantosa prenda. Al menos era caliente.
¿A quién le importa qué tipo de chándal lleve? Solo tenía que soportar cuarenta y cinco minutos, de los cuales ya había conseguido retrasar diez. Además, uno de los chicos llevaba un chándal viejo y estirado, y nadie se burlaba de él por eso. Se tranquilizó. Solo esa pequeña voz en el fondo de su mente seguía insistiendo en que sería mejor aceptar la nota insuficiente.
– ¡Vamos ya! – le gritó el profesor cuando la chica abrió tímidamente la puerta del vestuario.
Respiró hondo y se dirigió hacia la cancha de baloncesto.
Cuando se unió a la clase, estalló una risa incontrolable, ruidosa y resonante. El chico del chándal desgastado echó la cabeza hacia atrás, riendo con la boca bien abierta.
Ella se quedó allí, congelada, frente a la fila de estudiantes, con los pies pegados al suelo, esperando a que las risas se calmaran.
Sacudió la cabeza y miró a su hija, que no entendía la extraña reacción de su madre.
– ¿No te gusta? ¡Pero si está de moda! ¡Mira, también hay camisetas y pantalones de pierna ancha con este estampado! ¡A mí me parece súper chulo! – exclamó emocionada.
Súper chulo. Vaya que sí.
Pagó, y se apresuraron a salir de la tienda. Esperaba que para la próxima vez que pasaran por allí, todas esas prendas salpicadas de morado y blanco hubieran desaparecido para siempre.