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Yogendra Singh, Pixabay 

Locura

Era como si le hubieran clavado un picahielos en el cráneo cada vez que Emily se reía. Ted no soportaba su voz, ese sonido agudo y chillón. Lo volvía loco. Su risa, sin falta, le provocaba pensamientos suicidas. Le recordaba a todas las mujeres que alguna vez se habían burlado de él. Y Emily reía mucho.

Tomó su pastilla para dormir, se acostó y esperó impacientemente a que surtiera efecto. Ya ni siquiera intentaba dormir sin medicación, porque cada vez que lo hacía, soñaba con Emily: con su mirada y su sonrisa, y de inmediato un escalofrío lo recorría. Y sus nervios estallaban. Pero con la pastilla no soñaba.

No recordaba exactamente cuándo todo había empezado a ir mal. Más bien, no recordaba cuándo las cosas habían sido buenas por última vez. Cuando sus días no estaban llenos de horas interminables de ira contenida o cuando no pasaba el tiempo buscando defectos en cada persona que lo rodeaba.

Emily había irrumpido en su vida como una bomba: con sus rizos rubios, su voz y su risa. Para Ted, no era normal que alguien estuviera siempre de buen humor. Eso simplemente no era natural. Si alguien no es capaz de sentir tristeza o verdadero dolor de vez en cuando, hay algo que no está bien. Para Ted, la ira y la frustración eran parte del día a día. Cada día traía una pelea con algún vecino, ya fuera por un seto mal cortado o por el uso irresponsable de la piscina compartida. Cada dos días, le daba a alguien una buena reprimenda, ya sea en la gasolinera o en el supermercado. Le encantaba denunciar a los coches mal estacionados y a los ruidosos nocturnos. Ted creía que, al intentar mantener el orden, estaba cumpliendo una especie de misión. Pensaba que estaba haciendo del mundo un lugar mejor, aunque todos en él lo irritaran.

Cuando Kate terminó con él, le gritó: «¡Vete al infierno, maldito psicópata!»

Ted no dijo nada, aguantando la rabia con una expresión impasible. Esa noche, hackeó las cuentas de redes sociales de Kate y publicó vídeos y fotos vulgares en su nombre. Incluso logró que la despidieran de su trabajo, un puesto para el que Ted pensaba que no era apta de todos modos. En realidad, solo la estaba ayudando a reconsiderar su vida. Con esos nervios, Kate no podía tomarse en serio la idea de trabajar en una guardería.

Sin embargo, Ted tenía una afición que lo llenaba de emoción: probar a las personas, descubrir sus puntos débiles. Le provocaba una emoción extraña. Trataba de conocer a la mayor cantidad de gente posible, infiltrarse en diferentes círculos sociales y observarlos. Luego llegaban las denuncias anónimas y las revelaciones astutas. Lo que más disfrutaba era cuando la víctima le contaba a él mismo los problemas que estaban enfrentando.

A Ted no le molestaba que la gente lo odiara. Ni siquiera lo notaba. No anhelaba amor ni reconocimiento. Quería control, dominación. Necesitaba víctimas, y siempre había suficientes. El hecho de que las mujeres no lo quisieran a veces lo inquietaba, pero se conformaba con lo que podía comprar. Además, no soportaba la compañía por mucho tiempo. Después de unas horas, la presencia de los demás casi le provocaba dolor físico. Las voces le herían los oídos, su comportamiento y palabras irritaban su mente. Le repugnaba el olor del perfume y el detergente que emanaban de su ropa.

Para Emily, el mundo entero era una maravilla. Veía belleza en todo, era curiosa por naturaleza y no pasaba un día sin que algo le provocara una inmensa alegría: una buena conversación, una comida deliciosa, un paseo refrescante por la suave arena del océano. Lo que más amaba era el agua. El agua fría y salada que acariciaba su piel. Emily nunca dejaba pasar la oportunidad de zambullirse en las olas o en la superficie lisa de la piscina. A veces, cuando nadie la veía, metía la lengua en el agua una y otra vez, solo para asegurarse de que seguía siendo salada. Le daba especial curiosidad después de que llovía, porque la lluvia no era salada. Y una niña de cuatro años necesita estar segura de que ni siquiera varios días de lluvia podrían endulzar el océano o el agua de la piscina que compartía con su vecino Ted.