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Perspectivas

No puedo más. Por mucho que lo intente, no hay manera. Mi mano empieza a moverse hacia ella—más bien la empujo—con la intención de tocarle el muslo, pero me quedo a medio camino. Y lleva una falda corta. Su piel, tersa, morena, con olor a coco, podría ser casi una invitación. Solo que no para mí. Después de apenas medio año, ya he tenido suficiente.

Ya en el tercer mes notaba que algo estaba cambiando dentro de mí. Primero empecé a reducir las veces que hacíamos el amor. Estoy bastante seguro de que ni se dio cuenta, lo disimulé bien. Incluso le propuse que no dejara a su hija con el padre, sino que pasáramos tiempo los tres juntos. Le encantó. Dijo que era muy considerado por mi parte. La niña me ponía un poco de los nervios—no callaba nunca—, pero al menos así el tiempo pasaba más deprisa. Fue un movimiento arriesgado, porque desde entonces no hacía más que suspirar con lo gran padre que soy. Según ella, porque ya he criado a dos hijos. No lo sé. Mis chicos quizá no opinen lo mismo.

Ella cree que quiero llevar la relación a un nivel más serio. Que incluso estoy considerando irnos a vivir juntos. Pero criar a otro hijo es lo último que me apetece. Estoy agotado. La diferencia de edad es demasiado grande: podría ser el abuelo de esa niña, y como mucho el padre de ella.

Es una mujer guapísima, eso no se puede negar. Me encantan sus pecas y esa interminable colección de gafas. Siempre elige unas que combinan a la perfección con su ropa. Las de montura gruesa y morada le sientan de maravilla: con ellas está de lo más provocadora. ¡Y sus uñas! Su manicurista tiene una imaginación desbordante. Si fuera diez años más joven, quizá con eso me bastaría. Tal vez hasta tendría ganas de llevar a su hija al colegio. Pero ahora… pobre cría, tan útil de noche como carga durante el día.

Y mientras tanto yo me siento un cabrón. ¿Le digo que ya no la deseo? ¿Que me agota toda esa energía que se le desborda? ¿Que me pone de los nervios verla en ese frenesí constante? A mí ya no me hace ninguna falta. Ni siquiera entiendo por qué está siempre corriendo de un lado para otro. Si yo hubiera tenido tanto dinero en los cuarenta, no me habría levantado del sofá. Con semejante herencia tendría cocinero y chófer. Y ella… venga de una reunión, va a otra negociación.

Eso sí, su coche es una pasada. Se podría hasta vivir dentro. Ella nunca tendrá el problema de no poder mantenerlo. No es que le haya dicho la verdad. Lo de que soy ecológico queda mejor. Y lo de que me gusta caminar y montar en bici. Que es cierto, supongo… pero cuando llega el mal tiempo, ya no me hace tanta gracia.

Para entonces, claro, ya tendré que haber cortado con ella. De hecho, tendré que soltarlo en los próximos días. Así tendrá tiempo de recomponerse antes del otoño, y para las fiestas ya podrá estrenarse con algún tipo de su edad. Al fin y al cabo, está obsesionada con que la Navidad solo se vive de verdad en pareja. Y desde su punto de vista, lo entiendo. Se machaca como una loca todo el año, y en diciembre por fin se relaja. Entonces es cuando disfruta de los frutos de su trabajo… y, por supuesto, de lo que le dejaron sus abuelos. Viaja a lugares de ensueño, come en los mejores restaurantes y las veinticuatro horas del día parece una princesa. Este año ha reservado una villa de lujo en las Maldivas, construida sobre el agua, con todo el personal incluido. Mientras ella pasea descalza por la arena fina como harina, yo estaré cruzando la ciudad con los mocos congelados. Ella, por supuesto, está convencida de que brindaremos juntos con champán en el jacuzzi antes de dormir. Y a mí no me costaría ni un céntimo.

Lo que más voy a echar de menos es el coche. Me pega mucho más a mí que a ella. Todo el mundo da por hecho que es mío. Normal. Ese tipo de coches lo compran hombres maduros, no madres jóvenes e inquietas. Joder, ese coche lo es todo para mí. Que se queden las Maldivas: ese coche es un animal salvaje. Mi animal salvaje. El volante se funde con mi mano y yo me hundo en el asiento de cuero blando como si estuviéramos hechos el uno para el otro.

Le agarro el muslo con fuerza. Casi me aferro a él, para que mis instintos no vuelvan a desviarse. Ella se sobresalta por la presión y luego posa con suavidad su mano sobre la mía.

Pasar frío puede esperar al año que viene.