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Ya no puedes quitármelo — y yo tampoco se lo quitaré a los demás

Me quitaron todos mis éxitos.

Los pequeños y los grandes por igual.

Los pequeños, porque otros lograban cosas más grandes.

Los grandes, porque siempre existían logros más espectaculares, más monumentales.

Aprendí que así funcionaban las cosas.

Un pequeño éxito no cuenta; mejor ni mencionarlo.

¿Y uno grande? Eso es solo cuestión de comparación — es decir, tampoco existe realmente.

Y aun así, deseaba con todas mis fuerzas tener éxito en algo.

Llegó un punto en que ya daba igual en qué.

Estudiar. Pelear. Hacer la pelota. Escribir los deberes de otros. Abrirme paso a codazos. Romper amistades. Ir detrás de chicos… lo que fuera.

Con tal de que fuera algo digno de reconocimiento.

Pero a mí me quedó el «solo».

Y el «bueno, al menos».

Y creí que simplemente había nacido así:

sin un talento auténtico para nada.

Mejor no esforzarme, aceptar la mediocridad y agachar la cabeza.

Y lo hice.

Pero por dentro me desgarraba no creerlo.

No podía ser verdad.

Hay tantas personas interesantes, brillantes, extraordinarias en el mundo — a mi alrededor—, ¿y resulta que la única completamente defectuosa soy yo?

¿Cómo demonios pasó esto?

Entonces la duda, incrustada en mí a nivel celular, acudió solícita en mi ayuda:

«Vale, sí, muy talentoso, pero mira lo lleno de acné que está.»

«Claro, ha llegado lejos, pero no hay ni quien se lo folle.»

«Ha llegado donde está porque su padre lo financió.»

«Esto lo puede hacer hasta un idiota.»

Podría enumerar estas mezquindades durante horas, tan bien aprendí a detectarlas.

¿Era ese mi talento?

¿La detección fulminante de fallos?

Se volvió tan visceral que, en el trabajo más importante de mi vida, la primera respuesta a la pregunta

«¿Cómo se puede solucionar esto?»

era siempre un lento y teatral movimiento de cabeza.

Al final lo resolvía —porque en el fondo yo también lo deseaba con todas mis ganas—,

pero antes tenía que señalar todos los obstáculos reales e imaginarios.

Porque construí mi vida alrededor de los errores.

Para demostrar de cuántas cosas depende el éxito.

De cuántos factores ajenos a nosotros.

Cosas sobre las que no tenemos control.

Contra las que no podemos luchar.

Solo nos queda encajar el golpe cuando no sale bien — otra vez.

Al fin y al cabo, yo soy de ese tipo.

La que fracasa.

La que no lo consigue.

La que permitió que el mayor éxito de su vida fuera despachado con un:

«Bueno, no estés tan orgullosa de eso…»

Y dejé de estarlo.

Lo tiré por la borda.

Aunque cuando lo conseguí, lloré de felicidad.

Tengo una suerte inmensa de haber podido empezar de nuevo.

El precio fue una operación cerebral.

El efecto secundario, la epilepsia.

Pero valió la pena.

Y mucho.

Porque para quien puede volver, ya no existe lo imposible.

Ese «conocimiento» incrustado a nivel instintivo sigue tirando de mí como el plomo,

pero las ganas de luchar son más fuertes.

Esa barrera eterna sigue ahí:

que esto aún no es suficiente,

que no se puede exhibir,

pero rendirse ya no es una opción.

De algún modo empecé a cruzarme con cada vez más personas exitosas.

Personas de las que aprendí muchísimo.

Recuerdo lo impactada que me dejaron algunas de sus historias,

cuando se hizo evidente el golpe fulminante con el que la determinación y la fe derribaron millones de obstáculos.

Y aunque ni la determinación ni la fe me faltan,

la duda sigue ahí.

Esa voz que grita:

«Sí, pero…»

Aún no la he vencido.

Pero he aprendido a manejarla.

Además, hay dos pequeñas vidas

que no puedo destruir.

Dos vidas

para las que quiero ser una fortaleza emocional para siempre.

Un espejo

que refleje constantemente su singularidad y su valor.

Creo que fue gracias a ellas que aprendí de verdad esto:

no puedo quitarles a otros su éxito.

Ni siquiera en silencio. Ni siquiera sin decirlo.

No puedo restarle importancia.

No puedo trivializarlo.

Porque les pertenece a ellos.

No a mí.

Y lo que me pertenece a mí…

ya no lo cedo.

Nunca más.