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Calle la Rosa, 22 – Parte 96

Carlos acomodó las finas salchichas rojas en la parrilla para hacer sitio a los bogavantes. Lanzó una mirada de reojo a Ted, que estaba sentado en su propio sillón, envuelto en una manta. Por un instante fugaz le cruzó la cabeza lo patético que resultaba así el hombre siempre pendenciero y malhumorado. Qué fácil sería empujarlo a la piscina, a escasos veinte centímetros, y verlo manotear y bramar en dirección a las escaleras.

—Bueno, chacho, ¿qué pasa aquí? ¿Cómo va eso de la investigación? —preguntó—. Desde el incidente no se ha visto mucho a la policía por aquí. No han interrogado a nadie.

Ted se ajustó torpemente las gafas de culo de botella.

—Pedí que archivaran la investigación. Fue un accidente…

Carlos abrió la boca. El brazo que sostenía las pinzas de plástico para la carne cayó sin fuerza contra su muslo.

—¿Cómo? —preguntó, alargando la palabra.

Ted no respondió. Se quitó las gafas y las limpió con la esquina de la manta.

—Ted, mi niño, esto no lo entiendo —balbuceó Carlos—. ¿No se suponía que había circunstancias sospechosas?

—¿Qué circunstancias sospechosas? —replicó Ted—. Viktoria intentó ayudar porque yo se lo pedí. Luego, cuando ya no pudo, llamó a una ambulancia.

—¡Tuvieron que echar abajo la puerta! —estalló Carlos.

—Claro —se encogió de hombros Ted—. Estaba cerrada.

Carlos lanzó las pinzas sobre la pequeña mesa junto a la parrilla y se pasó ambas manos por el pelo.

—No me vaciles, hombre —dijo, desconcertado—. Si llamó a una ambulancia, ¿por qué no los dejó entrar?

Los ojos de Ted lanzaron chispas.

—Carlos —empezó con su tono habitual, amenazador—, otra vez estás exagerando y viendo cosas donde no las hay.

Tomó aire, hondo y dolorido.

—Viktoria los esperó por costumbre por el lado del patio. Los sanitarios probaron por la calle.

Carlos lo miró incrédulo.

—¡Pues mira! —espetó Ted—. Ahí tienes a Viktoria. Habla con ella. ¡Pregúntale!

Antes de que el anciano canario pudiera darse la vuelta, una mano suave se posó en su hombro.

—Aquí estoy, Carlos —susurró Viktoria, y luego se deslizó hasta la silla de Ted—. ¿No tienes frío? —le preguntó con dulzura al hombre de las gafas de culo de botella

Ted abrió los brazos con una sonrisa grotesca.

—A veinte grados no debería hacer frío, ni siquiera cuando uno está hecho polvo. ¿No crees?

Viktoria fingió recolocar la manta, alisándola dos o tres veces a la altura de la rodilla de Ted.

—Yo creo que eres un héroe —respondió con tono meloso—. Querías recuperarte tú solo, sin ayuda médica —añadió con una entonación casi didáctica.

El rostro de Carlos se contrajo en una mueca.

*

—Todo esto me huele muy mal —susurró Adrian al oído de Dajana—. Míralos. Se ríen como si estuviéramos en un número de payasos de lo más raro.

El hombro de Dajana dio un pequeño respingo.

—Me da igual —murmuró—. A mí solo me importa que Ted esté bien y que esa zorra de dos caras no le cierre la puerta todo el tiempo.

—Eh —rió Adrian por lo bajo—. Hasta ahora os llevabais tan bien, ¿no?

—Eso creía yo —gruñó Dajana.

Sus ojos seguían cada movimiento de Viktoria, lista para saltar.

*

—¿Te has fijado en lo alterada que está Dajana? —rió Noud—. Vigila a Viktoria como si le fuera la vida en ello.

—Eso es justo… —torció el gesto Bernard.

—¿Sabes qué más es raro? —preguntó Noud, animado—. El comportamiento de Adrian no ha cambiado nada.

Bernard negó con la cabeza mientras él también observaba a la pareja eslovaca.

—Ese es exactamente mi problema. ¿Por qué lo que pasó con Ted solo ha afectado a Dajana? ¿Por qué Adrian parece tan indiferente?

—Puede que sea mejor actor.

—¿Incluso en casa, entre cuatro paredes? —saltó Bernard.

—Chist —lo cortó Noud con un gesto—. Mejor vamos y ponemos a prueba a Ted. —Sonrió—. Lo veré en sus ojos si te mira de esa manera…