En este momento estás viendo Deja de soñar despierta
Aristal Branson, Pixabay

Deja de soñar despierta

—Te vi ayer en el autobús —dijo Barbi cuando me senté a su lado en el pupitre—. Parecías un cadáver. Te quedaste mirando al vacío.

Sentí una oleada de vergüenza. Me habían pillado con las manos en la masa. ¿Quién se iba a imaginar que alguien me notaría en el autobús de las cuatro y media en la estación? Intenté inventar una mentira ingeniosa, pero la situación era desesperada.

—La verdad —empecé, sonrojándome—, es que antes de que arranque el autobús suelo ponerme a soñar despierta.

—Intenté saludarte —dijo mi compañera de pupitre frunciendo los labios—, pero tú solo estabas ahí, apoyada en la ventana como un maniquí. No deberías hacer eso. Te veías fatal.

Me sentí terriblemente avergonzada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Cualquiera podría haberme visto. ¿Y si se corre la voz en la escuela, o peor, en toda la ciudad, de que a veces me quedo sentada con la mirada perdida como una idiota, sin ver ni oír nada? Mierda. Tengo que dejar de hacerlo, y rápido. Por lo menos fuera de casa.

—¿Vas a decirme por fin qué te pasa?

Los ojos de mi madre echaban chispas.

—Nada —respondí débilmente.

—No me vengas con que no te pasa nada —me interrumpió, poniéndose las manos en la cintura—. ¿De verdad crees que no veo cómo andas todo el día por la casa con cara de mártir? ¿Te cuesta tanto limpiar un poco? ¡No niegues que es eso lo que te molesta! ¿Acaso crees que yo me paso el día en la cocina porque me encanta?

—De verdad, no me pasa nada. Es solo que… a veces me pongo a soñar despierta.

—¡Sí, claro!

Se dio la vuelta con un resoplido.

—¿Qué pasa, tengo plumas en la espalda? —preguntó con tono picante.

A duras penas logré contener la risa.

—No —susurré.

—Entonces no me trates como si fuera una paloma, ¿vale?

—Créeme, solo invento historias en mi cabeza, y a veces las voy desarrollando durante días o incluso semanas.

Ella negó con la cabeza.

—O estás mintiendo, o se te ha ido la olla.

—¡Puaj! —gritó István al ver las fotos mías—. ¡En todas pareces un cadáver!

Como no era la primera vez que escuchaba esa comparación, no me dolió tanto. Esta vez no me habían pillado soñando en secreto, sino simplemente intentaba mantener la boca bien cerrada. Sabía que iban a sacar un montón de fotos en el evento. No tenía otra opción. Mejor parecer muerta que dejar que mis compañeros conserven, por toda la eternidad, pruebas gráficas de mi desordenada dentadura.

—Es muy tierno que, incluso pasados los treinta, sigas fantaseando con tantas cosas —me dijo mi amiga, acariciándome el brazo—. Para mí, siempre ha sido más importante el presente y la realidad. ¿No te da miedo estar malgastando tu energía en cosas que no importan?

Ella fue quien por fin me hizo abrir los ojos. Porque sí, así tal cual, era un desperdicio. Me di cuenta de que cada diálogo imaginado, cada escena, discusión, victoria, cada encuentro apasionado… tenía que escribirlo todo.

¿Y por qué? Muy simple.

Para que otros también puedan disfrutarlo. Especialmente aquellos que no suelen soñar despiertos.

Yo fantaseo por ellos… y se los cuento.