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Calle la Rosa, 22 – Parte 58

—¿Acabo de meterme en medio de un ajuste de cuentas mafioso? —preguntó María José con voz impasible.

Con una leve mueca de desagrado, removía el café de máquina en su endeble vaso de plástico con un palito de madera. Echó un vistazo al sándwich empaquetado y empapado, cuyo contenido era imposible de identificar por el color o la textura. Le molestaba el zumbido espeso y constante del aeropuerto, al igual que la mezcla caótica de idiomas que no lograba entender. No oía ni una sola palabra en español, inglés o alemán a su alrededor.

—No exageres, Majo. ¿De qué estás hablando? —Carlos soltó una risita nerviosa.

—¿Que de qué hablo? —saltó la mujer mayor, frunciendo las cejas con furia—. Pues a lo mejor de que lo último que recuerdo es que me invitaste a cenar y, después de quién sabe cuánto tiempo, me desperté al otro lado del mundo. ¡Y tú dices que exagero! Dime, Carlos, ¿esto te pasa a menudo? Porque a mí, por lo visto, solo cada setenta y cinco años.

El jubilado pastelero le lanzó una mirada que podría haber matado.

—No es eso lo que quería decir —balbuceó Carlos—. Solo intento tranquilizarte porque sé que nuestras vidas no corren peligro. Además, la gente no suele salir viva de un ajuste de cuentas mafioso —intentó explicarse—. Si hubieran querido hacernos daño, ahora mismo o estaríamos muertos o en la UCI.

—¿Y de quién estamos hablando exactamente? —preguntó María José con tono frío y firme.

—No tengo ni idea.

—Eso no me lo creo —saltó la mujer—. Yo creo que sabes perfectamente a quién le has pisado el callo.

—¡Anda ya, no me vengas tú ahora con eso! —se defendió Carlos, visiblemente ofendido.

—¿Yo?

—¡Sí, tú! Con tu jueguecito —protestó Carlos—. ¿O es que ya se te ha olvidado que me robaste las notas de Ted, así como quien no quiere la cosa?

—¿Y a quién crees que pudo haberle hecho daño eso? —le espetó María José, en tono acusador.

—No lo sé. Pero no te sorprendiste lo más mínimo cuando viste aquella caja flotando en la piscina, ¿la misma de la que cogiste las notas? ¿No se te pasó por la cabeza que no había vuelto allí por sí sola? Yo creo que eso era un mensaje para ti. Igual que el resto de las cosas que flotaban en el agua para los demás.

—¿Qué tipo de mensaje?

—Que no te metas donde no te llaman.

—Venga ya, Carlos, ¡qué tontería!

—Lo dices tú, que estás sentada en el aeropuerto de Bangkok, con un café de máquina en la mano y un sándwich plastificado. Enhorabuena —se burló—, se ha perdido una gran detective dentro de ti. Bien enterrada, eso sí.

—Tú fuiste quien me llevó a cenar, ¡todo esto es culpa tuya!

—Si no tuvieran nada contra ti, no estarías aquí. Podían haberme dejado fuera de combate sin ti.

—Carlos —empezó María José en tono de profesora—, ¿de verdad te crees que ese medio lelo, neurótico y desastre de Ted sería capaz de organizar algo así? Si solo con pensarlo le entraría tal ataque de ansiedad que tendrían que llevárselo en ambulancia.

—Yo nunca he dicho que esto lo haya montado Ted —se defendió Carlos—. He dicho que lo ha montado quien quiere pillar a Ted.

—¿Y quién narices querría ir detrás de Ted?

—Podría ser cualquiera.

—Ah, ya lo pillo —le soltó la mujer, con sorna.

—Escucha, Majo. Lo más probable es que Ted sea un estafador. Es bastante posible que le haya hecho la puñeta a alguien con dinero y por eso se ha escondido en la isla. Esa persona quiere atraparlo y tú vas y le robas cosas que, a lo mejor, también le interesan a nuestro amigo.

—¿Y tú? ¿Se puede saber qué has estado haciendo tú con Ted?

La cara de Carlos se puso roja como un tomate. ¿Cómo demonios iba a decirle que llevaba tiempo vigilándolo junto a sus colegas detectives privados y que incluso le había plantado un micro en el salón de su casa?

—Sabes, Majo, a veces le pico un poco, como hago con todo el mundo. Igual lo malinterpretó.

—¿Tú te crees que soy idiota? —María José se levantó de golpe de la silla.

Con el movimiento brusco, el café se le derramó por toda la blusa.

—¡Perfecto, hombre, perfecto! Ahora voy a viajar por ahí con pinta de una vieja chocha que ni siquiera es capaz de beberse un maldito café sin echárselo por encima.