Esteban se movía por la casa de Ludmilla como si fuera la suya. Mientras hablaba por teléfono, abrió una puerta del armario de la cocina —y acertó a la primera, justo en la que Ludmilla guardaba los vasos. Cogió uno y se sirvió agua del grifo.
—Tengo que entrar en la casa de María José —dijo con tono impasible—. ¿Dónde está la llave?
Los ojos de Ludmilla se abrieron de par en par.
—No tengo llave de su casa.
—¡Venga ya! Vivís puerta con puerta, sois dos jubiladas y además amigas. No me digas que nunca habéis intercambiado las llaves.
La mujer alemana se sonrojó. Se sentía atraída por aquel hombre decidido y misterioso, pero aun así no le entusiasmaba la idea de dejarle entrar en la casa de María José. ¿Y si encontraban allí algo embarazoso o incluso comprometido?
—Nunca pensamos que fuera necesario intercambiarlas.
Esteban no dijo nada. Simplemente extendió la mano. Movía los dedos de forma juguetona, como apremiándola.
—¿Qué podría haber en la casa de María José que nos pudiera servir?
El hombre seguía en silencio. La miró fijamente a los ojos y, con calma, elevó un poco más la mano extendida.
Ludmilla, de mala gana pero obediente, se dirigió hacia su dormitorio. Esteban carraspeó satisfecho.
—Todo el mundo comete errores —dijo Esteban—. Incluso los profesionales. Espero que quien los haya secuestrado haya sido aquí un poco más descuidado que con Carlos.
Se quitó los zapatos, se puso unos guantes y, con unos cuantos pasos ágiles, ya estaba arriba.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó Ludmilla, jadeando mientras subía las escaleras alfombradas tras él.
—Porque son humanos.
—Quiero decir, ¿por qué estás tan seguro de que los han secuestrado? —preguntó ella con un hilo de voz, buscando aire desesperadamente.
—Fueron al restaurante, cenaron y luego desaparecieron sin pedir la cuenta. Dejaron sobre la mesa el doble de lo que costó la cena. Eso lo deja bastante claro. Sobre todo, sabiendo que no se fueron corriendo a casa de Carlos ni aquí para tener sexo impaciente.
La palabra salió de la boca del hombre como si no estuviera nombrando un deseo, sino un arma peligrosa.
Ludmilla se estremeció de pies a cabeza. El miedo por la misteriosa desaparición se mezcló dentro de ella con un deseo repentino e invasivo, provocado precisamente por la forma en la que Esteban había pronunciado aquella palabra: sexo.
Pero no tuvo mucho tiempo para recrearse en aquella extraña sensación.
—¿Y esto qué es? —preguntó Esteban con desconfianza.
Asintió con la cabeza hacia uno de los cajones de la cómoda del dormitorio.
Ludmilla se acercó y miró dentro del mueble blanco con tiradores tallados. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver lo que había. Alguien había revuelto claramente el cajón de la ropa interior y había vaciado el portadocumentos que estaba escondido bajo los sujetadores y las bragas. La pequeña funda de cuero, del tamaño de un libro, yacía abierta sobre las telas, con el carnet de conducir como único contenido.
—¿Qué más había en ese portadocumentos?
—El pasaporte, la tarjeta del seguro, el DNI… —susurró Ludmilla, aterrada.
Nunca habría pensado que intercambiar llaves y enseñarse mutuamente dónde guardaban los documentos importantes fuera a resultar realmente útil.
La agradable excitación que había sentido unos momentos antes fue sustituida de inmediato por un miedo helado que le caló hasta los huesos.