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Quesito triangular

Un suspiro profundo y decepcionado se oyó desde el asiento trasero. La madre miró por el retrovisor y se encontró con los ojos de su hijo. El rostro del niño de cinco años reflejaba una mezcla de tristeza e irritación.

—¿Qué pasa? —preguntó la madre, sin sospechar la tormenta que se avecinaba.

Esperaba algo fácil de solucionar—quizá el cinturón de seguridad estaba mal puesto, o no lograba quitarse los zapatos antes del largo viaje.

—Le pusiste quesito —dijo el niño en voz baja, casi como un susurro.

—Sí —respondió la madre con tono alegre, aún aferrándose a la esperanza—. ¡Porque te gusta! ¿Te acuerdas? —le recordó a su pequeño, cuyo gusto cambiaba cada semana—. Ya te he preparado bocadillos con mantequilla y quesito otras veces.

—Pero es que no me gusta.

Su voz se volvió desafiante, y su mirada se oscureció.

—Claro que te gusta —insistió la madre, suavemente.

—Nunca me ha gustado. Solo me lo comía porque no me quedaba otra.

Vale. A replantear el plan. El cerebro de madre empezó a buscar soluciones a la velocidad de la luz. Parar para ir a una tienda no era una opción—no con dos niños pequeños en medio de un viaje largo. Ya de por sí iban a llegar después del anochecer, y ella odiaba conducir de noche. Las luces de los coches que venían de frente le molestaban la vista. Cuando oscurecía, ni siquiera se atrevía a adelantar.

—¿Sabes qué? —dijo con una chispa de esperanza—. Saca con cuidado las lonchas de queso y vuelve a guardarlas en la fiambrera. Ahora te comes el panecillo con mantequilla. También está rico. Yo, por ejemplo, me lo comería encantada.

—No se puede sacar el queso —murmuró el niño con enfado.

—Claro que se puede.

—No, no se puede. Está todo aplastado.

—No está aplastado. Yo no lo unté, solo puse las lonchitas.

En un semáforo en rojo, la madre paró el coche y se giró hacia atrás. El niño la miró directamente a los ojos y, con sus dos manitas, apretó con fuerza el bocadillo. Lo abrió por la mitad y se lo mostró a su madre, que lo miró con los ojos bien abiertos de asombro.

—¿Ves? No se puede sacar. Está todo pringado.

El coche volvió a ponerse en marcha. La madre sintió una ola de frustración recorrerle el cuerpo.

Pues ahora sí que no iba a parar a por otro tentempié. Un niño de cinco años puede aguantar tres horas más sin comer. Tenía agua. Estaría bien.

Y además, ¿después de esto? Ni pensarlo. ¡El muy pillo! ¿Es que había amasado a propósito ese maldito queso dentro del pan? ¿En serio? ¿Quién hace eso con cinco años?

Nada. No habría otro bocadillo. Y tampoco le iba a dar el de su hermana—ella no tenía la culpa de que su hermano estuviera teniendo su “momento”. No, y no.

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó el niño con tono desafiante.

—¿Qué crees? Vas a cenar algo rico en casa de los abuelos.

—¿Y hasta entonces? —su vocecita tembló, a punto de romper a llorar.

—Hasta entonces, viajamos, miramos por la ventana y charlamos.

—¿Pero qué voy a comer?

—Tu merienda.

—Pero no me gusta el quesito.

—Pues sácalo.

—No se puede. Está aplastado.

—Yo no lo aplasté.

—Da igual quién lo haya aplastado—ya no se puede sacar.

A la madre se le estaba acabando la paciencia, pero no quería discutir. Sabía que su hijo había heredado su terquedad, así que, en el fondo, ni siquiera podía enfadarse de verdad con él.

—Lo siento mucho, cariño —respondió con tono neutro—. Pero si no hubieras apretado ese panecillo con tantas ganas para restregarle el queso a la mantequilla, ya estarías lleno.

El niño pareció rendirse. Guardó el bocadillo en su fiambrera con dibujitos de tren y se recostó en el asiento.

Durante un buen rato no dijeron nada. La madre mantenía la vista en la carretera. La niña dormía con la boca entreabierta, acurrucada sobre su chaqueta acolchada. El niño miraba por la ventanilla, frunciendo el ceño.

—Sabes… —dijo al fin el niño de cinco años—, no basta con dar a luz a un hijo. También hay que criarlo.

La madre se mordió el labio para no soltar una carcajada. Aunque seguía algo molesta, no quería reírse de su hijo, visiblemente afectado.

Con los hombros temblando por la risa contenida, apretó el volante y no podía esperar a contarle a alguien lo que su hijo de preescolar acababa de soltarle.