Con toda naturalidad
—¡Chicas, a vuestros sitios! —llamó el padre—. Llegarán en cualquier momento.
Las dos hermanas, de dieciocho y dieciséis años, bajaron corriendo las escaleras, una detrás de la otra, hacia el amplio y luminoso salón.
—¡Chicas, a vuestros sitios! —llamó el padre—. Llegarán en cualquier momento.
Las dos hermanas, de dieciocho y dieciséis años, bajaron corriendo las escaleras, una detrás de la otra, hacia el amplio y luminoso salón.
A veces dan ganas de rendirse sin más.
No en silencio. No largándote sin hacer ruido. No.
Hace unos años entré en un elegante restaurante junto al lago. Quería regalarle a mi amiga un vale de ese sitio y pensé que lo probaría antes. Sola.
—Lili me tiene loca con lo de pintarse las uñas de rojo —refunfuñó Martha—. Ni hablar. Tiene trece años. Una niña de esa edad no tiene que pintarse las uñas.
En algún momento de la vida, algo cambia.
Antes, solo lloramos con las películas.
Después… incluso con un anuncio de detergente.
Hace muchos años, un conocido me dijo una vez:
Hay que agacharse por cada moneda, porque si tú no lo haces, alguien más lo hará.
Soy dependiente de los objetos. Como suele decirse, no son ellos los que me sirven a mí, sino yo a ellos. De rodillas, con la cabeza inclinada.
La nevada había cesado por completo cuando llegamos al puerto. Una capa fina y uniforme de blanco cubría los barcos, que la luz de la luna hacía brillar.
Me quitaron todos mis éxitos.
Los pequeños y los grandes por igual.
Quiero regalarte quince minutos especiales.
Quince minutos en los que solo importas tú.