El diario de Emily – Entrada 15
Esperé hasta medianoche del domingo a que Ryan llamara o, al menos, enviara un mensaje, y me costó una barbaridad no mandarle aunque fuera un simple buenas noches. Estoy orgullosa de haber aguantado.
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Esperé hasta medianoche del domingo a que Ryan llamara o, al menos, enviara un mensaje, y me costó una barbaridad no mandarle aunque fuera un simple buenas noches. Estoy orgullosa de haber aguantado.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?
Nico miró la hora. En teoría, tanto Lara como Mia estaban fuera, en el salón. Ni se movió. Todavía le quedaba casi una hora para su siguiente cliente.
Nunca pensé que llamar a alguien pudiera ser tan difícil. Sobre todo a alguien con quien de verdad, de verdad quieres hablar. Marcar el número fue fácil. Pero después me quedé completamente bloqueada.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó Lara a la mujer de mirada severa y traje de chaqueta anticuado que acababa de entrar en el salón.
Thessa me llamó el martes por la mañana para preguntarme qué tal estaba. Su voz empalagosa me recorrió la espalda con un escalofrío. Conozco a Thessa.
Gael abrió la puerta de par en par para Dolores con toda amabilidad. La anciana sonrió y asintió cortésmente.
Por supuesto, no seguí el consejo de Adele ni fui a la oficina. No confesé nada ni pedí ayuda.
Mia carraspeó un par de veces con la cara deformada por el asco y cerró la puerta del salón con más fuerza de la necesaria. Se contuvo para no dar un portazo, pero fue incapaz de disimular su irritación.
El lunes, Thessa me metió un buen puñetazo en el estómago con un correo de lo más alegre. Me recordó que el catálogo multilingüe que solemos preparar para uno de nuestros clientes de toda la vida ya tendría que estar camino de imprenta.
Nico tamborileaba con nerviosismo sobre el mostrador de recepción. Tenía el pecho y los hombros agarrotados. Aquello nunca significaba nada bueno. Desde niño reconocía esa sensación: se acercaban problemas.