Calle la Rosa, 22 – Parte 104
Dajana no hizo el menor intento de ocultar su ira. Se mantuvo a cierta distancia de los tres hombres.
Dajana no hizo el menor intento de ocultar su ira. Se mantuvo a cierta distancia de los tres hombres.
Los tres hombres subían en silencio por la escalera oscura y sofocante. A Noud —como siempre que iba a casa de Timothy— volvió a invadirle una oleada de repugnancia.
—Si queréis, podéis ir hacia la piscina; hay de sobra para comer.
Solo entonces Bernard se fijó en las mesas redondas colocadas en el patio y en la mesa donde habían dispuesto la comida, cubierta con largos manteles blancos.
—¡Sorpresa! —gritaron todos a la vez los veinticinco invitados.
Bernard se quedó paralizado. Al instante, esbozó una sonrisa forzada. Movió la cabeza de un lado a otro en el salón abarrotado, intentando situarse.
—No es tan difícil empezar una nueva vida —dijo Bernard con suavidad—. Da mucho miedo.
—Hasta que no estás dentro de la situación, no puedes saber de verdad si lo es o no… —respondió Pauline.
Pauline se estremeció cuando se levantó el viento frío de la noche. Miró hacia la casa, pero aún no quería entrar. Se subió la cremallera de la sudadera hasta el cuello y se hundió un poco más en la tumbona, con la esperanza de que la lluvia no empezara antes de que decidiera volver dentro.
Ludmilla se alejó de Ted hecha una furia. Cruzó el patio a paso rápido y no se detuvo hasta llegar a la casa de María José. Al ver que la puerta de la terraza estaba entreabierta, entró sin dudarlo.
—Ted —Noud le dio unas palmadas en el hombro al hombre de las gafas de culo de botella—. ¡Por fin de vuelta entre nosotros!
Ted arqueó una ceja.
—Me imagino cuánto me habéis echado de menos —dijo con sarcasmo—. Sobre todo vosotros dos.
Carlos acomodó las finas salchichas rojas en la parrilla para hacer sitio a los bogavantes. Lanzó una mirada de reojo a Ted, que estaba sentado en su propio sillón, envuelto en una manta. Por un instante fugaz le cruzó la cabeza lo patético que resultaba así el hombre siempre pendenciero y malhumorado.
Pablo, con las manos en la cintura, observaba el árbol artificial con satisfacción. Luego volvió a subir a la escalera y revisó otra vez las ramas para asegurarse de que estuvieran bien sujetas. Miró hacia abajo, a la guirnalda de luces tirada sobre el suelo de piedra, y suspiró. Iba a tener que empezar de nuevo, subiendo y bajando una vez más.