Como cada sábado por la mañana, me desperté con el sonido de esa maldita moto de Szabolcs zumbando bajo mi ventana. Ese imbécil lo hace cada fin de semana, haciendo ruido como si fuera el dueño de la calle. ¡Dios, cuánto odio ese ruido! Como de costumbre, me arruinó todo el fin de semana. Un día lo voy a atrapar. Y cuando lo haga, lo recordará hasta en su lecho de muerte.
El hijo despreciable de mi despreciable vecino ya se debe de saber mis costumbres de memoria. Cada maldito sábado, justo cuando voy a sacar el coche, se paran frente a la casa con la mamá, “solo un momento”. Aparcan en medio de la calle, con todas las puertas abiertas, mientras empuja a la vieja al asiento trasero, y la esposa con cara de caballo se acomoda en el asiento delantero como si fuera una reina. Y hoy, cómo no, me lanzó esa sonrisita falsa: «Un segundo, solo estoy subiendo a mamá». Como si no hiciera lo mismo cada maldito sábado cuando quiero salir. Pues yo no pienso devolverle la sonrisa a ese gusano. Que se pudra en su vergüenza. Hoy salí con el coche bien pegado a su chatarra. Y a la pava esa le lancé una buena mueca de asco. Que sepa bien cuánto la detesto. Siempre aparecen. Siempre. Justo cuando estoy por ir al mercado. No me vengas con que es una coincidencia. Seguro que lo planearon: «El vecino miserable siempre sale a las diez los sábados… vamos a joderle bien.»
Y como si eso fuera poco, esa mocosa con cara de sarampión en la panadería agarró los últimos rollos de cacao solo para fastidiarme. Le vi la duda en su carita sucia. Y justo cuando estiré la mano, los cogió todos. Si supiera a qué escuela va, haría que la expulsaran. Se lo merece. Ya es una delincuente en miniatura. ¿Qué tipo de educación recibe esa criatura? Seguro le besan el trasero todo el día. Mimada, claro que sí. ¿Dos rollos de cacao? ¡Venga ya! Ni loca se los come. O se atiborró hasta vomitar, o tiró uno a la basura solo para que nadie más lo tuviera. Seguro que lo devolvió en el camino, vomitó todo en algún banco. Que se siente otro ahí, ¡qué suerte!
Al menos pude darle una lección a esa idiota embarazada. ¡Como si necesitara dos plazas para sacar al crío del coche! Y todavía se enfada porque aparqué al lado. ¡Por favor! Yo aparqué perfectamente, dentro de las líneas. Que esté embarazada de nuevo no es mi problema. No me venga a llorar que le cuesta cuidar del otro niño. ¡Que hubiera cerrado esas piernas torcidas! Por más que se las tape con esos pantalones anchos, todos sabemos lo que hay ahí. Y encima me llora porque con su barriga enorme no puede desabrochar al mocoso. ¿Y por qué no se baja él solo? Si ya es tan inútil que no sabe quitarse el cinturón, pues que no se quejen cuando también se vuelva un idiota como el padre. Ese cabeza hueca que se cree importante. Cualquiera puede hacerse rico haciendo trampas. ¿Dos coches? ¡Vaya! Un todoterreno y un cochecito “femenino” para su ninfómana. No me sorprendería que la estuviera prostituyendo. Seguro uno de sus clientes la dejó embarazada y ahora le toca pagar la manutención. ¡Menuda banda de estafadores! Apostaría lo que fuera a que la convirtió en una escort de lujo, y ahora el dinero no para de entrar.
Para cuando llegué a casa, ya sabía cómo encargarme de Szabolcs y su maldita moto. Voy a conseguir un poco de estiércol y lo voy a esparcir por toda la acera. Que no pueda ni abrir la ventana por unos días, me da igual. Seguro que en el matadero puedo conseguir un balde. Y si mi ropa huele a mierda, hay lavadora, que la lave. Pero ese mocoso va a aprender la lección. Y su bruja de madre también. Que se enteren de una vez por todas: mi ventana no es una pista de carreras para su mocoso y su máquina de ruido de plástico.