—Lo siento por lo que ha pasado, Majo —dijo Carlos, con la mirada baja—. Y también por el condenadamente largo viaje que aún nos queda por delante.
María José hizo un gesto despreocupado con la mano.
—Hace unos años te habría arrancado la cabeza por esto. —Se detuvo un momento mientras rebuscaba su pasaporte en el bolso—. Ahora simplemente… no consigo enfadarme. Quizá porque toda esta situación es tan surrealista… o porque mi cerebro ha pasado automáticamente al modo supervivencia. A lo mejor intenta protegerme de un colapso nervioso.
Carlos esbozó una leve sonrisa.
—En el fondo sabes que a mi lado estás completamente a salvo —susurró mientras rodeaba con cuidado los hombros de María José y se acercaba a su cara.
—Ni se te ocurra —saltó la anciana pastelera, apartándose con firmeza—. ¡Tampoco somos tan amigos!
Carlos levantó ambas manos en señal de rendición.
—Tienes razón, lo sé… Es solo que… ¡Joder!
María José se quedó pálida, con el rostro entre la sorpresa y la rabia.
—¿Cómo te atreves…? —empezó con voz entrecortada, pero Carlos, de repente, la apartó de un empujón, con un movimiento brusco y urgente.
Con el dedo tembloroso, señaló a lo lejos.
—¡Te juro que acabo de ver a Noud!
—¡¿Qué?! —María José giró la cabeza de un lado a otro, frenética—. ¿Dónde?
—¡Ahí! —tartamudeó Carlos, señalando con el dedo tembloroso hacia la puerta de embarque de otro vuelo.
—¿Estás seguro?
—¡Que me parta un rayo si no era ese cabronazo!
—¿Y qué demonios haría aquí? —María José no conseguía entender nada.
—Comprar bálsamo de tigre y llaveros de elefante —le soltó Carlos, furioso, cuando hacía apenas unos segundos estaba a punto de besarla.
María José se quedó lívida.
—¡Se acabó, ya está bien, pedazo de creído! —le gritó a pleno pulmón—. ¡Por tu culpa estoy aquí con la ropa manchada, la cara apestosa, el estómago revuelto y encima te estás burlando de mí! ¿En serio? ¿TÚ? ¡El gran detective que no es capaz de averiguar una mierda sobre nadie! ¡Saltando de un lado a otro como un mono, igual que el resto de esos viejos chochos, espiando a la gente! ¡Que te den!
Los pasajeros que esperaban para embarcar en el vuelo a Madrid se quedaron primero mirando a la «pareja» de ancianos en un silencio atónito. Luego, cuando se les pasó la impresión, comenzaron a cuchichear poco a poco. Esta vez, para su desgracia, María José entendía perfectamente las frases en español que revoloteaban a su alrededor:
«A esta se le ha ido la cabeza con la edad…»
«¿Qué hacen tan lejos de casa si ya no aguantan los viajes? Mejor estarían cuidando de los nietos.»
«¿Qué habrá hecho el pobre hombre para que esa bruja le hable así?»
«Yo me moriría de vergüenza si mi abuela se comportara así de mal con mi abuelo.»
«Estos ya están montando el numerito… verás tú en el avión, se van a mear encima.»