Un encuentro inesperado en medio de una semana demasiado larga
Tuve una pesadilla. Con el Gruñón. Estaba ahí, mirándome con esos ojos azul hielo, el ceño fruncido. Me dio un susto tremendo. Me desperté empapada en sudor. Desde entonces no me acerco ni de lejos a la farmacia. Sinceramente, no creo que vuelva a pisar ese maldito sitio en la vida.
Después de eso, ni siquiera me sorprendió que esta semana la carga de trabajo fuera aún mayor… y peor. Le escribí a Thessa, le dije que estaba preocupada y le pedí que viera si podía contar con otro traductor. Me respondió con un pulgar arriba y un corazoncito.
O sea: me da igual, apáñatelas. Pero oye, te quiero.
Si la semana que viene sigue así, no pienso dejarla en paz hasta que haga algo de verdad, porque voy a acabar perdiendo la cabeza. Por las noches me cuesta dormirme; la cabeza no me para. Esta mañana me desperté con los puños apretados. Las marcas de las uñas seguían en las palmas horas después. Y aún estamos a finales de marzo. Solo ha pasado el primer mes.
He perdido completamente las ganas de salir a caminar, pero en cambio me ha dado por las sentadillas. Cada par de horas salgo al balcón y hago veinte. Cuando termine este proyecto, voy a tener un culo espectacular. Hasta Thessa podría tener envidia, con ese cuerpo suyo tan irritantemente perfecto.
El miércoles tuve que bajar a la tiendecita de abajo, justo al salir del portal. También estaba allí ese padre joven —el de la mujer que le engañó con su propio hermano—. Para lo rara que es su historia, no tenía pinta de alguien destrozado. Más bien al contrario… era bastante mono. Pelo claro, rizado. Una sonrisa suave, casi de niño. Dos hoyuelos cuando sonríe. Y sonríe casi todo el tiempo.
Terminamos de comprar a la vez y salió detrás de mí. Al llegar a la entrada, de repente se adelantó como un superhéroe y me abrió la puerta de un tirón.
—Vaya —dije, asintiendo—. Buen salto.
—¿A que sí? —se irguió, orgulloso—. Para eso me hice entrenador de kárate: para abrir puertas con estilo.
Me reí.
—Pues enhorabuena. Está claro que todo ese esfuerzo ha valido la pena.
Las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos se iluminaron. Sin darme cuenta, se me contagió su buen humor, casi a nivel instintivo. El cansancio aplastante se volvió algo más ligero, casi etéreo. Mi cuerpo se soltó, dejando atrás la tensión constante.
—¿Y tú? —preguntó, con una chispa traviesa—. ¿Cuál es tu superpoder?
Entrecerré los ojos, ladeé la cabeza y sonreí con complicidad. Entré en el juego sin pensarlo.
—Pues… —dije con tono exageradamente solemne— convierto textos incomprensibles en algo casi humano. Hablo idiomas que no son solo de personas.
Alcé las cejas, como diciendo: a ver si superas eso.
Me miró, impresionado.
—Vaya… no está nada mal —dijo—. Nunca había conocido a una maga de verdad. —Luego señaló el ascensor—. ¿Me concedes el honor de acompañarte hasta arriba?
Me pasé tres dedos por la barbilla, pensativa.
—Mmm. Normalmente me teletransporto, pero como lo has pedido tan bien… haré una excepción.
Pulsó el botón.
—Estoy deseando contarlo en el entrenamiento de esta noche —dijo con una sonrisa—. ¿Hasta qué planta tengo el privilegio de disfrutar de tu compañía?
Me eché el pelo hacia atrás, como si disfrutara de la atención.
—Hasta la tercera —respondí, siguiendo el juego—. Y que sepas que ese salto me ha alegrado el día. De hecho, creo que ha sido lo más emocionante de toda mi semana.
Nos reímos los dos. Salí, pero me quedé esperando a que se cerraran las puertas, despidiéndome con la mano.
Unos minutos después, al entrar en el baño para lavarme las manos, me di cuenta de que seguía sonriendo igual que cuando nos despedimos. Y entonces vi las ojeras.
Madre mía… ¿qué habrá pensado ese chico del kárate de mí?
Espero cruzármelo más o menos con la misma frecuencia que hasta ahora. Dos veces al año. Para otoño, seguro que ya se ha olvidado de la loca del tercero.
Aunque, la verdad… me sentó muy bien bromear así con alguien.
Si no son seis meses, sino cinco…
tampoco me importaría.
Mis amigos tenían una hora antes de irse a cenar al nuevo restaurante de Dave. Vi la decepción en la cara de Adele cuando dije que no iba con ellos. Pero ni de broma voy a sacrificar horas de sueño para aguantar la cara de superioridad de Dave.
—A ver, ¿qué vais a tomar? —preguntó Adele después de echarme de mi propia cocina—. Emily, siéntate y disfruta de estos minutos de paz —ordenó con firmeza.
—¿He visto ginebra? —preguntó Mark.
—No —soltó Adele—. Ni de broma. ¿Qué quieres entonces? Todavía queda de ese ron blanco horrible que trajiste. ¿Te hago un mojito?
Mark hizo una mueca.
—¿No hay otra cosa?
—Sí. Agua del grifo y vino barato… también tuyo. ¿Cuál quieres?
—Mojito —suspiró.
—¿Y tú, Sofia?
—Agua. Estoy de guardia.
Adele se puso las manos en la cintura.
—No me lo puedo creer —dijo, molesta—. ¿O sea que pueden llamarte en cualquier momento por una “emergencia”? —hizo comillas en el aire.
Le lancé una mirada por el comentario totalmente fuera de lugar. Sobre todo teniendo en cuenta que ella misma tiene dos perros.
—Es raro que tenga que salir —explicó Sofia con calma—. Normalmente lo resolvemos por teléfono o los llevan a urgencias. Solo he tenido que ir a domicilio una o dos veces por la noche.
Adele puso los ojos en blanco.
Cuando los acompañé a la puerta, agarré a Adele de la muñeca y la aparté un paso. Me incliné hacia su oído.
—¿Por qué no te pides uno…? Lo entregan en un día —susurré, refiriéndome al folleto.
—Ya me compré uno —recalcó.
—Pues úsalo más —murmuré.
El numerito de Adele fue más que suficiente para que me alegrara aún más de no haber ido con ellos. Aunque esa hora hubiera sido el único rato en toda la semana en que estuve con gente.
Salvo por el chico del kárate.
O mejor dicho…
solo el chico del kárate.
Esta semana ha sido demasiado.