El salón cuenta la historia de un pequeño salón de belleza donde cada cliente trae un mundo nuevo. Relatos románticos y sensuales de Sonja Blonde.
La lluvia caía como una cortina suave que separaba el salón del ruido de la calle. Lara esperaba a su primera clienta con la barbilla apoyada en la palma de la mano. Nico se mecía adelante y atrás en el sillón, con las manos flojas sobre el regazo.
Lara se tomó su tiempo para preparar la llegada de su clienta. Rellenó la caja de guantes desechables, limpió la lámpara UV hasta que no quedó ni una mota de polvo y después alineó las hileras de esmaltes hasta que todas las etiquetas quedaron orientadas en la misma dirección.
Mia se acercó sigilosamente por detrás de Nico, que estaba sentado en el sillón de peluquería hojeando una revista. Ya había levantado la mano para agarrarle por el hombro cuando se fijó en el catálogo de lencería que tenía entre las manos.
Nico entró en el salón, todavía vacío, con una sonrisa satisfecha. Rebuscó con entusiasmo en la cesta negra de mimbre que colgaba de su brazo, llena de pequeños objetos decorativos.
Dolores estaba sentada en el sofá del salón, retorciéndose las manos. Mia miraba la pantalla del ordenador mientras sus dedos repiqueteaban suavemente sobre el teclado. Lara pintaba esmalte azul índigo en las uñas de una universitaria que estudiaba para los exámenes.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí?
Nico miró la hora. En teoría, tanto Lara como Mia estaban fuera, en el salón. Ni se movió. Todavía le quedaba casi una hora para su siguiente cliente.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó Lara a la mujer de mirada severa y traje de chaqueta anticuado que acababa de entrar en el salón.
Gael abrió la puerta de par en par para Dolores con toda amabilidad. La anciana sonrió y asintió cortésmente.
Mia carraspeó un par de veces con la cara deformada por el asco y cerró la puerta del salón con más fuerza de la necesaria. Se contuvo para no dar un portazo, pero fue incapaz de disimular su irritación.
Nico tamborileaba con nerviosismo sobre el mostrador de recepción. Tenía el pecho y los hombros agarrotados. Aquello nunca significaba nada bueno. Desde niño reconocía esa sensación: se acercaban problemas.