Anna caminaba cansada hacia el edificio de oficinas. Toda su rutina matutina había sido alterada. Estaba enfadada y tenía ganas de ponerse a llorar. No le fue posible tomar su matutino café con leche caliente, añoraba el pasearse en bragas entre la cocina, el cuarto de baño y el dormitorio, con la taza en la mano. Ni siquiera pudo desayunar, porque incluso eso le pareció embarazoso.
La noche anterior Otto había aparecido en su piso con dos grandes bolsas deportivas. Así, sin más, sin ningún acuerdo o previo aviso. Dos semanas atrás le había dicho que no podía dejar a aquella chica porque tenían demasiadas cosas que los unían. Y ahora dos enormes bolsas deportivas obstaculizaban el paso en el estrecho pasillo de su apartamento. A pesar de que el chico no tenía nada que hacer, se levantó cuando Anna lo hizo, y la siguió por todo el apartamento de treinta y cinco metros cuadrados. Ordenó sus vitaminas, hirvió el agua para su desayuno súper sano, luego fue al baño y no salió de allí mientras ella estuvo en casa. Anna quería comer cereales muesli con chocolate y yogur de frutas, lo que, según Otto, era una enorme irresponsabilidad. Según el chico, que era enfermero, ningún tipo de yogur aromatizado es apto para el consumo humano. De hecho, ningún producto lácteo lo era en absoluto. Con anterioridad ya había expresado su desaprobación hacia el café, el té de filtro, el Nescafé y el alcohol. Sin este último, Anna y Kata no habrían podido beber de aquel lujoso juego de vasos. Cada una tenía seis vasos Campari. Otto no debe tener ningún tipo de juego de vasos. Ya verá cuando por fin logre reunir su elegante juego de copas de Martini.
Con lo excitante que había sido el comienzo.
Viajaban en el mismo compartimento del tren. Cuando Otto se sentó frente a la chica, se sonrieron. La sonrisa se convirtió en conversación y luego en intercambio de números de teléfono. La primera cita tardó en llegar, porque Otto rara vez visitaba la capital, donde vivía Anna. Finalmente, un día en familia organizado por su lugar de trabajo se convirtió en su primera cita. A Anna le sorprendió la extraña elección del programa, pero se alegró de que la relación empezara de una forma distinta a la que estaba acostumbrada.
Lo que más le gustó de Otto fue su sinceridad. Habló abiertamente de su relación quemada y de lo difícil que le resultaba romper con ella. Según le contó, en el pasado había tenido problemas con las drogas y su novia fue quien lo ayudó durante el largo y difícil proceso de rehabilitación. La idea de una ruptura nunca se le pasó por la cabeza hasta que Anna se subió a aquel tren en particular. Pero Otto quería asegurarse de que estaba tomando la decisión correcta al dejarla y continuar su búsqueda de la felicidad con Anna.
Anna llevaba mucho tiempo sola. Ligeros flirteos y cortas aventuras hacían que la vida cotidiana fuera colorida y variada.
Hasta que llegó Otto no sintió la necesidad de una relación más permanente. Le gustaba su seriedad y sensatez. Le tentaba la idea de una relación diferente. Empezó a anhelar una vida adulta, no sólo a nivel laboral, sino también de convivencia con un hombre. La mayoría de sus amigas ya convivían con sus parejas, mientras que ella ni siquiera se lo había planteado. Le gustaba salir con quien quisiera y, llegado el caso, aderezar sus ajetreados días con aventuras de una noche.
Pero dos semanas atrás, todo cambió. Las cautelosas aproximaciones de Otto se convirtieron de la noche a la mañana en apasionantes encuentros. No deseaba nada más que a Anna. Es verdad que, para ella esto significaba menos fiestas, un modo de vida más saludable y menos tiempo con los amigos. A ella no le importaba, pues sabía que él simplemente quería vivir en armonía con su vocación. Además, debido a la distancia, sólo podían verse los fines de semana, por lo que a Anna no le habría supuesto ningún problema salir con sus amigas entre semana.
Pero Otto se paró delante de su puerta con dos enormes bolsas deportivas.
Dice que irá a todos los hospitales con su currículum.
A partir de ahora quiere vivir en la capital.
Con Anna.
Sin haberlo discutido antes con ella.
Dejó caer su bolso sobre el escritorio.
—Anna, ¿qué te ha pasado? —su colega parecía preocupada. —Algo va mal, ¿verdad? Estás blanca como la pared…
—No, no es nada grave, es sólo que Otto se ha mudado conmigo, creo.
—Te ha entrado el pánico —susurró su colega con simpatía.
—No lo sé. Es que…—se esforzó por encontrar las palabras, —no sé, es como si no pudiera respirar bien. Me falta el aire desde que salí de casa.
—Es demasiado pronto, sobre todo si estás tan alterada.
—¿Tú crees?
—De lo contrario, creo que estarías saltando de alegría.
—No lo sé. No estoy segura. Nunca me he mudado con nadie antes.
—Tampoco ahora lo has hecho. Otto apareció en tu casa sin preguntártelo. Creo que deberías decirle que necesitas más tiempo.
Anna se calmó. Otto es un chico serio y maduro. Con él se puede hablar de todo. Él le había hablado mucho de la importancia de la inteligencia emocional, la honestidad, la comunicación abierta. Ha leído decenas de libros sobre psicología y los distintos tipos de personalidad, sobre la nocividad de los juegos de poder. Incluso esta conversación con Otto será emocionante y edificante.
No sabía que Otto antes convivía con su anterior pareja. Ni que tuvo que mudarse del piso porque se negó a contribuir con los gastos. Y nunca se supo que llevaba un tiempo sin trabajo. El chico esperaba que fuera más fácil encontrar algo en la capital. Y si no, la entusiasta Anna no se daría cuenta de que en realidad tampoco le apetecía tanto encontrarlo.
Otto era un chico impaciente e impulsivo. No tenía ni idea de que, con Ana, que estaba ya deseando tener una relación seria, le habría venido bien esperar un poco. Sólo hubiera necesitado quedarse unas semanas en algún sitio para que ella cediera. En lugar de ello, dio un portazo furioso y se precipitó hacia la incertidumbre.